Mañana Fulgor, por Ana Ojeda

¿De qué están hechas las revoluciones? Ana Ojeda (1979) responde, a cada momento, del poder sobre la lengua. Sólo aquello que podemos decir, puede ser pensado y si no se puede decir, hay que forzar la lengua hasta lograrlo.
En este fragmento exclusivo para EdM de su novela inédita Mañana Fulgor, Ana Ojeda explora las posibilidades de la representación no sólo social o política, sino lingüística como lo ha hecho antes en sus libros de cuentos La invención de lo cotidiano (8vo Loco, 2013) y Necias y nercias (Modesto Rimba, 2017), y las novelas Mosca blanca mosca muerta (Bajo la Luna, 2017) y Vikinga Bonsay (Eterna Cadencia, 2019)

Mañana o llegado el momento

Llegado el momento en que pésimo era ya una mejora, el rioplatense se defendió independizándose del referente. Dejó de transmitir un afuera, algo más allá de sí mismo, para caerse a pedazos, como todo lo demás. El lenguaje inclusivo, que la juventud adoptara por principio y la decrepitud en chiste, fue inicio de una crisis terminal de la lengua como código común a la cuerpa social. Cada una empezó a significar lo que quiso con palabras que alguna vez habían hablado de otras cosas. Estadio último del capitalismo (vale decir, del patriarcado), el deseo personal, su designio caprichoso, atacó como vih novedoso la lengua, socavándola, agujereándola, volviéndola imposible. Cortado lo compartido del sistema, quedó solo lo individual, a la deriva. Proliferaron modos de decir insulares, los famosos “idiolectos” de otras épocas. Desbocada polisemia imperó convertida en hegemón, virus pululante anhelante de cuerpas por ocupar para, muy enseguidamente, descomponerles el hablar. 

Las redes colaboraron: en bandeja de plata el ad mulierem, con demencia hiperbolaron diálogos de sordas, creando zombis funcionales conectadas a un gran vómito de posverdad ingobernable. El contrato social mordió la banquina, inestable la comprensión y parcial, insegura. Duda conquistó todo: veni, vidi, vici. El mundo se volvió extranjero en brazos de lengua psicótica. 

En un intento por frenar tamaño daño o desorden de lo estatuido consabido, en Buenos Aires el patriarcado (o Gobierno o Estado) consideró genialidad la avivada de entregar la lengua a las revolucionadas, siendo a su entender las feministas mal llevadas enemigas number one, responsables de tanto y todo mal. Reavivadas las brasas de debate perimido sobre lenguaje inclusivo, en línea con la doctrina del shock que venía manejando con éxito y aceptación por parte de la gente bien, el Gobierno Argentino de Tipo Ornamental (o GATO) estableció por decreto en un rato la necesidad y urgencia de un único uso genérico para referir lingüísticamente la multivariedad de lo real que, por reparación histórica, fue el femenino. A partir de entonces, frente a grupo mixto, de “los chicos” o “les chiques” se pasó sin atenuantes o tutías a “las chicas”. Defectuosa comprensión del hecho lingüístico se encontraba en la base de esta delirante estrategia, que buscó entregar la lengua para retener la realidad. Formidable la ofensiva intentó ordenar conciencias y estómagos, aplacar conflicto social azuzado por –según entendía el GATO– las femininjas (entre otros grupos de piqueteras). 

Desde ya queda dicho que la actitud no gustó en Real Academia. Y menos de todas a su vocera Artura Páraz Ravarta, escritora multipremiada, por todo el orbe adorada, que amenazó portazo si esta “demencia” –como la llamó– continuaba. Se autoconsideró “la única, vieja leona” con estatura para detener el irremediable acontecer de este derrumbe, de lengua y costumbres. En urgida conference call, voceras del Partido del Cambio le pidieron que se quedara trancu: todo cambia para que siga igual, le aclararon su ideal con guiño de ojo gatopardesco. Es decir, que estaban en el mismo bote, aunque no se note. Pero que tratara de no divulgarlo.

El DNU 174/2018 –bautizado de entre casa “El idioma de las argentinas”– reavivó las grietas abiertas en América Latina y, en especial, las de levantiscas porteñas que a partir de entonces se lanzaron a fervorosa cruzada para apoyar o rechazar, poniendo cuerpas en las calles. Y agregó otra novedosa, entre oralidad y escritura. Porque, aun quienes lograban consignar en papel o pantallas plurales y genéricos en femenino, muchas veces no alcanzaban (¡maldita costumbre!) a activar modificación reglamentada de viva voz. Rebalsado el vaso con gota foniatra, hubo un sector que, contrario a las políticas de educación sexual integral y partidario del aborto clandestino, se organizó para salir a manifestar descontento rechazo total de lo que tildaron como “demagogia demencial”. Bancadas por empresarias de la rama textil, llenaron paredes con carteles bicolor. Que decían: que a sus hijas las tenían a caballo del upite, nadie ose roce cerebral que tienda a igualdad de género o autodeterminación corporal. A capa y espada defendían la inmutabilidad de la lengua junto con la del statu quo. Siguieron usando el masculino como universal y continuaron escribiéndolo, a pesar de incurrir en ilegalidad muy manifiesta, a resueltas de lo cual muchas veces terminaron en la cárcel, junto a las manteras senegalesas. Otras, más a tono con los tiempos, se rebelaron contra la imposición berreta de un feminismo formal que barría las inequidades de siempre bajo la alfombra. Continuaron oralizando con “e” y así siguieron escribiendo, a pesar de incurrir en ilegalidad, a resueltas de lo cual muchas veces terminaron en la cárcel, junto a las manteras senegalesas y a las fuerzas vivas pro aborto clandestino. 

En resumen: a consecuencia del DNU 174/2018, el movimiento femininja se quebró en multiplicidad de astillas filosas (muchas sindicaron ahí el objetivo primordial de la medida, de acuerdo al milenario maquiavélico divide et impera). Un sector hubo que consideró el DNU un avance: comenzó a hablar y escribir en femenino universal de forma orgánica; otro lo consideró una aberración totalitaria más en la larga lista de escandalosas vulneraciones patriarcales. Dentro de esta última facción, estaban las troskas que dieron voz a su protesta retomando el masculino y subsumiendo en él todos los géneros, las progres que mantuvieron vivo el uso del inclusivo en atención a les no binaries, las que se desorientaron y usaron todo al mismo tiempo en una ensalada lingüística de difícil ilación y más ardua decodificación. Las hubo también que callaron.

Mientras todo esto sucedía, los onvres explicaban cosas: inviabilidad de las imposiciones lingüísticas por decreto, usos correctos del castellano, aspectos (la mayoría de las veces mal entendidos) de gramática generativa. Acuñaron el hashtag #Novaadurar como alternativa al #Sevaacaer feminista, consolidaron alianzas con las pro aborto clandestino (cuyo hashtag era #Conmishijosnotemetés) y juntas intentaron volver hacia atrás el reloj de la Historia.

La polirrúbrica aplicación del decreto quedó en manos de la Comisión Asesora Permanente (CAP), bajo cuya órbita pasó a funcionar el Instituto del Libro. Primer gran desafío fue lógicamente entender qué hacer con las obras ya escritas y circulantes en masculino universal aberrante. Las opiniones fueron muchas, lo mismo que las ideas, cuestión que al cabo de larga discusión las oficiales de cuenta del GATO llegaron a la solución en un rato: abrirían llamado a Mecenazgo para que las editoriales presentaran proyectos de reescritura (adaptación) de obras y autoras de gran renombre o importancia, para que Gancia y otras empresas de ese estilo, en vilo preocupadísimas por la cultura y su destino, bancaran los costes. El resto de los libros debía portar desde la fecha del decreto adhesivo en tapa como parapeto que alertara a las lectoras sobre texto y contexto de producción, sus valores perimidos, su reflejo de un tiempo al fin ido.

Así como la CAP perseguía a docentes y rebeldes sucursales escolares con oralidades resistentes al cambio obligado por decreto, el Instituto del Libro –su adlátere– pasó a policiar material impreso en circulación. Escritura en cualquier cosa que no fuera femenino no marcado sin el correspondiente etiquetado fue secuestrado y puesto a disposición del Estado en húmedos galpones a la espera de quema pública, ejemplar, sadismo digno del padre de Arlt: mañana te voy a pegar. Las editoras, pasibles de multas, secuestro de bienes o incluso una temporada en el infierno (la cárcel), percibieron esto como un ataque y pasaron en su mayoría a la clandestinidad. Se vivió auge de fanzines y ediciones piratas, de manufactura urgente. Las que quedaron en superficie raramente publicaron obras de ficción o ensayo. Se especializaron en la impresión de volantes o de los bodoques ministeriales, paridos con regularidad por los tentaculitos exangües del Estado, cada vez más inexistente y más violento. Las hubo, también, dobleagentes.

Buscando ayudar, la CAP lanzó su Index librorum prohibitorum et derogatorum, de actualización mensual y versión electrónica, con la lista de material desaparecido o por desaparecer (si es que alguna vez aparecía), publicaciones en su mayoría sin etiqueta o escritas con posterioridad al decreto en rioplatense de antes, percudido de “e” u “o”, por grupúsculos de feministas ilegalistas, perseguidos con sevicia, como hurones a las ratas, por las fuerzas represivas del Partido del Cambio: las sirvientitas del Orden. 

En este complejo panorama, ofuscación popular nivel Primavera Árabe coincidió con escueto comunicado que ignoto grupo femihacker sacó minutos antes de performar ataque devastador al centro emocional del sistema capitalista: virus contagioso mortífago destruyó algoritmos logaritmos y otros ritmos de la world wide web, en su totalidad y para siempre jamás. 

El comunicado de las hacktivistas hizo saber al mundo: 1) este ataque es a propósito y muy pensado; 2) en 48h la Internet habrá espichado, R.I.P., no sin contagiar en ese intervalo a toda terminal o aparato que entre en contacto con ella, a llorar a la llorería; 3) en cuestión de siete días todo lo que incluya algún componente computarizado en cualquier lado sufrirá trastorno desarreglante terminal insuperable; 4) este ataque es kamikaze: no hay ni habilitamos manera de revertirlo, backdoors o paliativos ni agentes regenerativos; 5) somos las putas amas; 6) Après nous, le déluge; 7) ¡Viva la anarquía! 

Tras este fenomenal batacazo inaugural, progresiva peste digital afectó el correcto funcionamiento de los sistemas computarizados con trastornos autoinmunes para los que la humanidad no tenía cura. Arrancó con la descomposición de los motores de búsqueda, Google a la cabeza, de modo que la web quedó toda junta a disposición, desjerarquizada y al mismo tiempo, en un caleidoscopio o fractal de pertinencia igual que volvió imposible dar con lo deseado. Desbaratado el mapa, reinó la confusión. Teras y teras de información a mano e inencontrable al mismo tiempo. Todas las pesquisas se volvieron, a efectos prácticos, la misma búsqueda. 

Durante dos días, la red devino pasatiempo improductivo, de listas borgeanas archivo, inútil. Luego se apagó. En la semana posterior, el multifacético reino de los aparatos introyectó y reprodujo el blackout. Feministas de todas las corrientes marcaron este acontecimiento como Año Cero.

Ana Ojeda

Buenos Aires, EdM, octubre 2020

Nota de la Editora: se pueden Escritores del Mundo los adelantos de Mosca blanca, mosca muerta y Necias y Nercias.