Novela anotada: La voluntad y la fortuna (2008) de Carlos Fuentes, y un subrayado de Thomas Piketty, por Miguel Vitagliano

La voluntad y la fortuna (2008) pertenece a la serie de novelas de Carlos Fuentes (1928-2012) que reflexionan sobre la historia de la sociedad mexicana y el poder. Monsiváis solía decir que Fuentes había sumado su literatura a la gran tradición de los muralistas de México.  

    Como en otras novelas de la serie, en La voluntad y la fortuna también nos encontramos con una perspectiva narrativa extrañada, esta vez es una cabeza, una cabeza cortada y lanzada al mar que regresa a la costa: “Soy la cabeza cortada número mil en lo que va del año en México. Soy uno de los cincuenta decapitados de la semana, el séptimo del día de hoy y el único durante las últimas tres horas y cuarto.” Es la contundencia del trazo grueso del muralista que no deja dudas a la mirada en un primer vistazo, un contrapunto al regodeo del detalle minúsculo del interior burgués, como en Balzac, en la que la falta del punto en una i en la firma de una carta era la artera señal para que el destinatario considere al revés todo lo escrito hasta entonces. Thomas Piketty destacó, sin embargo, un aspecto en común, y bien potente, entre la novela de Fuentes y Balzac. 

En una de sus columnas en Libération, a fines de 2014, el autor de El Capital en el siglo XXI (2013) sostuvo que así como Karl Marx afirmaba “que con Balzac había aprendido más que con nadie acerca del capitalismo y el poder del dinero” podía decirse algo similar en el presente  con La voluntad y la fortuna: “un retrato del desarrollo del capitalismo mexicano y de la violencia social y económica que surca a su país, poco antes de convertirse en la ´narconación´ que en la actualidad figura en todas las primeras planas de los diarios.” No hacía hincapié en los avatares de la cabeza cortada, mencionaba a otros personajes, entre ellos a dos que llevaban sus cabezas plantadas en el cuerpo. Uno era el presidente, un tal Pedro Valentín Carrera, y el otro un multimillonario, Max Monroy, que Piketty asoció con el magnate mexicano Carlos Slim, dueño de distintas compañías de telecomunicaciones y empresas líderes de telefonía celular a lo largo del continente. 

Lo que sigue es parte de un diálogo entre el presidente y el magnate, en presencia de otros personajes de la novela, entre ellos Nadal, cuando aún tenía la cabeza sujeta al cuerpo:

“-Con tus celebraciones quieres que sigamos en la edad del buey porque nos tratas como bueyes, Pedro Valentín. Crees que con ferias de pueblo vas a aplazar el descontento y peor aún, nos vas a traer felicidad. ¿Lo crees de veras? ¿Verdad de Dios?

La mirada frigorífica de Max Monroy pasó como un rayo de Carrera a Jericó. Éste trató de mantenerle la mirada al magnate. Enseguida la bajó. ¿Cómo se mira a un tigre que a su vez nos está mirando?

-Todos somos responsables del malestar social –aventuró Carrera-. Pero nuestras soluciones se oponen. ¿Cuál es la suya, Monroy?

-Muy lírico –sonrió el presidente, apoyando el cuerpo contra el filo de mesa casi como un desafío.

-Si no lo entiendes serás no sólo tonto, sino perverso. Porque tu solución, divertir es gobernar, sólo aplaza el bienestar y perpetúa la pobreza. La maldición de México ha sido que con diez, con veinte, con setenta o con cien millones de habitantes, la mitad vive siempre en la pobreza.

-Qué quieres, somos conejos –insistió Carrera en su ironía, como si a golpes de sarcasmo pudiese detener a Max Monroy-. Distribuye condones, pues’n. 

-No, presidente. Dejamos de ser agrarios hace apenas medio siglo. Fuimos industriales perdiendo el tiempo como si pudiésemos competir con Estados Unidos o Europa o Japón. Nos quedamos atrás en la revolución tecnológica y si estoy aquí hablándote fuerte es porque no quiero, al final de mi vida, que también a este banquete lleguemos tarde, a la hora del postre, o nunca…

Suspiró con cinismo el presiente. –A aburrir se ha dicho… ¡La gente quiere distracción, mi querido Max!

-No –respondió con energía Monroy-. A informar se ha dicho. Tú has escogido la verbena nacional, el jaripeo, los gallos, los mariachis, el papel picado, los globos y los puestos de fritangas para divertir y adormecer. Yo he escogido la información para liberar. Es lo que vengo a decirte. Mi propósito es que cada ciudadano de México cuente con un aparatito, sólo con un aparato del tamaño de una mano que lo eduque, lo oriente, lo comunique con los demás ciudadanos, le ayude a conocer los problemas y a resolverlos por fin. Cómo se siembra mejor. Cómo se cosecha. Qué útiles se requieren. Con qué compañeros se cuenta. Con cuántos créditos. Dónde se consigue. Cuáles son las plazas. Campesino. Indígenas. Obreros y empleados, oficinistas, burócratas, técnicos, profesionistas, administradores, profesores, alumnos, periodistas, quiero que todos se comuniquen entre sí, señor presidente, quiero que cada uno sepa cuáles son sus intereses y cómo coinciden con los intereses de los demás, cómo actuar a partir de esos intereses propios y de la sociedad y no quedarse para siempre varados en la fiesta ridícula que usted les ofrece, el eterno jarabe de pico tapatío.

Creo que Monroy tomó aire. Lo tomé yo, desde luego.

-He venido aquí a advertírselo. Por eso vine en persona. No quiero que te enteres de lo que hago por terceras personas, por los periódicos, por el chisme mal intencionado. Estoy aquí para darte la cara, presidente. Para que no te engañes. Vamos a defender no sólo intereses opuestos sino prácticas antagónicas. A ver con quiénes cuentas: yo ya tengo los míos. Voy a ver que un número cada vez mayor de mexicanos tenga a mano ese aparatito que lo defiende y lo comunique para actuar con libertad y en beneficio propio y no de una élite política.”

Sometimiento o guerra contra el presidente Valentín Pedro Correa. Mejor dicho: la guerra es de Max Monroy contra la legitimidad de la representación popular que es la que debería decidir si Correa continúa o no como mandatario. Y el sometimiento, desde luego, es anticipar la misma derrota. La voluntad y la fortuna fue publicada en un momento en que aún había distintos gobiernos en América Latina enfocados en contener los avances de los Max Monroy que hoy no dejan de conquistar batallas. Y Piketty escribió su columna, como él mismo destacaba, en el momento en que Dilma Rousseff era relegida como presidenta, lo que daba esperanzas, decía, de que “el progreso social y democrático todavía sea posible” en la región. 

La voluntad y la fortuna supo deletrear nuestro presente cuando apenas asomaba. Entendió el modo en el que decide hablar el capital. Porque ya no habla de dinero, como en Balzac y otros novelistas del XIX, juega con otra moneda, invierte en aquello que todos nombran igual y que significa algo distinto para cada uno, la libertad. Solo de esa manera el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, pudo declarar en plena pandemia: “La libertad es más importante que la propia vida.” Y que las pancartas de las protestas contra el confinamiento en Argentina redunden los disparates de una marcha convocada con el lema “Banderazo por la libertad”: “No a la vacuna, consentimiento informado”, “El virus es el marxismo”, “Quiero elegir”, “Libertad para trabajar”, “El miedo es enemigo de la libertad”, “Contra la dictadura de la ciencia”.  La libertad como un absoluto que niega todas y cada una de las partes que componen la realidad, incluso la vida misma. A esa idea de libertad apuesta Max Monroy al exigir un “aparatito” telefónico para cada ciudadano. “Yo he escogido la información para liberar”, dice. Que se comuniquen y compartan sus intereses, que sean libres de elegir lo que él ya eligió por ellos. En ningún momento arguye que eso cambiará la distribución de la riqueza, deja en manos del “aparatito” la fortuna de colocarlos a todos en una misma posición y que se abran camino por sus méritos, como si cada uno no tuviera ya marcado el recorrido que restringe su propia voluntad. Y no solo eso: como si esa voluntad ya no estuviera definida, en gran medida, por su situación.   

“Quiero que todos se comuniquen entre sí, señor presidente, quiero que cada uno sepa cuáles son sus intereses y cómo coinciden con los intereses de los demás”, dice Max Monroy en los tiempos en que “el aparatito” podía perderse en el interior de la palma de una mano, aún había que esperar a 2009 para la explosión del 4G y que pesaran en las manos, y una década más para que la cantidad de líneas de celulares superara a la población mundial. (https://elpais.com/tecnologia/2018/02/27/actualidad…). La exigencia de Max Monroy se ha cumplido y el mundo no ha dejado de ser día a día más injusto y desigual, aun cuando hoy haya 2500 millones de personas –casi el 30 % de la población mundial- que utilicen al menos una de las “aplicaciones” emparentadas a Facebook. El gran sueño de Max Monroy, máquinas de predecir las aspiraciones y las voluntades de los usuarios. 

La definición no es reciente, la utilizó por primera vez André-Marie Dubarle (1910-2002), el profesor y teólogo dominicano, en un artículo publicado en Le Monde en diciembre de 1948 (L.E.Alcalá:doctorpolitico.com…).  Pensaba en las novedades presentadas por el libro de Wiener, publicado meses antes, Cibernética: control y comunicación en el animal y las máquinas, y en las experiencias en tecnología y estadística utilizadas durante la guerra, y se preguntaba: “¿No se podría imaginar una máquina que recoja algún tipo de información, como por ejemplo información sobre la producción y el mercado, y luego determine en función de la psicología promedio de los seres humanos y de las cantidades que sea posible medir en un momento determinado, cuál sería el desarrollo más probable de la situación?” Debarle arriesgaba un nombre, “máquina de predecir”, aunque también proponía otro, “máquina de gobernar”.

Max Monroy le dice al presidente: “Ninguna élite sobrevive si no se adapta al cambio, señor presidente. No sea usted el jefe de un reino momias.”

Miguel Vitagliano

Buenos Aires, EdM, septiembre 2020