El largo adiós a Panzeri por Facundo Ruiz

Todo documental lidia, para concretarse, con el collage y el canto coral. Que se vean o no las costuras, que se oiga o no el contrapunto de las voces. Tarea decisiva: evidenciar el archivo, evitando la incontinencia; hacer oír las fuentes, ocultando las sirenas. Y así, el documental es –quizá– la variante menos literaria de la no ficción; pero también: lo que la recrea históricamente. 

*

Buscando a Panzeri es un documental y lidia, por eso, con todo aquello. Y lo hace muy bien. Y sin embargo el género apenas describe, prescribe, lo que efectivamente pasa y cuenta Buscando a Panzeri. Y he ahí todo el encanto, documental incluso, y notablemente. Pues así como nadie negaría que El largo adiós es un policial, y uno de los mejores, cualquiera que pase por allí sabe de inmediato que no es exactamente la resolución de un crimen lo que vuelve esa novela algo inolvidable. Marlowe debe, como buen detective, encontrar al culpable pero sabe, y nos hace saber, que lo que verdaderamente importa es quién es Terry Lennox; y que leeremos, una y otra vez, apenas la historia incompleta de una amistad trunca, pero incondicional. Al fin y al cabo encontrar a Panzeri no es lo importante, ni lo que documenta la película de Sebastián Kohan Esquenzi sino –una vez más– la historia incompleta de una amistad trunca, pero incondicional, entre buscador y buscado. Al fin y al cabo encontrar a Panzeri si resuelve el documental no explica su encanto, pues lo que verdaderamente importa –dice la película, una y otra vez– es contar la historia de por qué hoy hay que buscarlo, de cómo es que nadie sabe dónde está y, peor aún, casi nadie recuerda el desafío de esa voz parteaguas (o aguafiestas) y los gestos, críticos, de un personaje definitivo.

*

¿Quién es Dante Panzeri? A quien busca Kohan Esquenzi, co-protagonista y director, es en primer lugar al autor de un libro inhallable y fundamental, Fútbol. Dinámica de lo impensado. Título que con valentía surrealista parece reunir a cada lado del punto, como sobre una mesa de disección, la máquina de coser y el paraguas. Libro que apenas comenzar, o poco antes, advierte: Este libro no sirve para jugar al fútbol. Sirve para saber que, para jugar al fútbol, no sirven los libros. Sirven solamente los jugadores… y a veces ni ellos, si las circunstancias no los ayudan. A todo esto aclara Kohan, a quien una editorial había encargado la selección de un “clásico futbolero” reeditable, buscar a Panzeri fue primero elegirlo entre otros: Benedetti, Camus, Villoro, Galeano. ¿Panzeri y no Villoro, y no Camus? La noción de clásico, como la de género documental, comienza a temblar. Como si algo estuviera fuera de foco, el documental sobre Dante Panzeri comienza buscando un libro; y habla de pronto de un libro ignoto como de un “clásico” y, antes de continuar, repasa –muy resumidamente– la vida del buscador y no del buscado. Lo primero que oímos, que vemos al comenzar la película, quizá hubiera podido alertarnos: una voz nítida, de ritmo sentencioso, que organiza lo que dice como si fuera apilando aforismos incontrovertibles, hace contrapunto a otro ritmo, mecánico, el de una imprenta de donde salen las primeras pruebas de un libro del que no sabemos nada pero leemos, apenas, un nombre: Dante Panzeri. Apenas comenzar queda claro que la cosa, Panzeri y su búsqueda, el futbol y el documental, van por otro lado o se aplican, rigurosos, a una dinámica de pronto impensada.

*

¿Qué hizo Dante Panzeri? De él hablan Matías Bauzo, Ezequiel Fernández Moores, el Ruso Verea, Ariel Scher, Roberto Perfumo, Tomás Abraham, Carlos Ulanovsky y Pocho Palumbo, director de la biblioteca Dante Panzeri, entre muchos otros. Carlos Bilardo no quiere hablar de Panzeri pero, a diferencia de César Luis Menotti, lo dice. Tampoco habla de él Jorge Llistosella, para muchos el “hijo periodístico” de Panzeri, uno de sus pocos amigos. Diego Bonadeo apunta rápido, y decisivo: “Panzeri fue el hombre bisagra en el periodismo argentino”. Un hombre que comenzó en El gráfico cubriendo natación y ciclismo, señalando de golpe a quien salía 4to, pero mejoraba su marca, y no a quien salía primero; y casi catorce años después pasa a dirigir la revista, lugar soñado, al que luego renuncia, insobornable, cuando Constancio Vigil le sugiere, como sugiere todo dueño a su empleado, que incluya un suelto de Álvaro Alsogaray, entonces ministro de economía, a lo que Panzeri se niega. Y se va a escribir a otra parte, a muchas partes: La PresaLa NaciónAsíSatiricón. Panzeri sigue escribiendo y, sobre todo, hablando porque es su voz, son sus gestos, lo que irrepetiblemente marca Panzeri. 

Irrepetible marca: Panzeri se pregunta por qué, en la foto de los equipos de futbol, aparecían los técnicos, los kinesiólogos, incluso los masajistas. ¿Habían jugado? ¿Dónde empieza y dónde termina un partido? ¿Quién es el protagonista del futbol: los jugadores, los empresarios, los hinchas, los periodistas? ¿El juego o el resultado? El límite de una foto es apenas la marca, como todas las de Panzeri: minima moralia, de su pensamiento, de esa dinámica que (se) lo pregunta todo, que no acepta cualquier principio ni cualquier fin, que conoce y traza el terreno de un juego, y pauta reglas claras para todos. Teoría crítica. Su misión, dicho con sus palabras, no es simpática. Como no fue simpático dejar en blanco (blanco sobre blanco, a lo Malévich) el recuadro de una-foto-que-no-está y poner al lado: “Espacio reservado para el equipo de Argentinos Juniors. Esperamos llenarlo el día en que su director técnico entienda que su puesto no es precisamente uno de los que interesan al lente fotográfico.” Eso hizo Panzeri. Su seriedad era incómoda, porque marcaba límites y reservaba espacios, que no regalaba, a nadie. 

Su generosidad y su humor de todos modos, insoslayables en infinitos títulos de sus notas tanto como en gestos “tan poco simpáticos” como el recién comentado, no pasaron desapercibidos, y constituyeron también una marca irrepetible. De eso da cuenta María Luisa Maestri, que lo conoce en Milán, trabajaba ella en la Gazzetta dello Sportcuando él llega de visita y todos terminan cenando y, dos horas más tarde, él le propone casamiento. Ella sonríe al comentarlo, al recordar el episodio, y luego levanta la vista: “Qué te voy a contar: es el amor de mi vida. Fue el amor de mi vida y lo es todavía.” Irrepetible Panzeri fue, y es todavía. 

*

¿Quién mató a Panzeri? Muere Dante Panzeri el 14 de abril de 1978, enfermo. Una multitud aparece en la fotografía de su funeral. Una amiga dice que allí no hay más de diez amigos verdaderos. Faltaba poco más de un mes para que comenzara el Mundial, un mundial contra el que había luchado, incansable, o como siempre: sin dar el brazo a torcer, dice Ulanovsky. Como Napoleón Bonaparte por la calle Florida, recuerda María Luisa que le dijo Dante: una mano adelante y la otra atrás. Lo habían visitado una tarde tres militares, él los invitó con un café. Los hombres no se sentaron y por supuesto no tomaron el café. Panzeri en cambió se bebió el suyo, y los otros tres. Les dijo que iba a seguir diciendo lo que pensaba y les dio la mano para despedirlos. Los límites de la foto, una vez más, esa marca. Irrepetible. 

            “Justicia para un olvidado” fue el título de la última El Gráfico de Panzeri, dedicada a Antonio Baez, que hacía diez años se había retirado del futbol. Un manifiesto, otra vez: seriedad incómoda; humor dantesco. Futbol de poesía, diría Pier Paolo Pasolini, con quien tantas cosas en común tiene Panzeri. En cualquier caso Buscando a Panzeri recoge el gesto, incómodo, y se dedica también a hacer justicia a un olvidado. “Hasta la vista, amigo –dice Marlowe al final de la novela. No le digo adiós. Se lo dije cuando tenía algún significado. Se lo dije cuando era triste, solitario y final.” Hoy podemos, gracias a Buscando a Panzeri, repetir el saludo, como una invocación, sin despedirnos de Panzeri.-

Facundo Ruiz

Buenos Aires, EdM, septiembre 2020