Citas para Guernica, por Mariano Lescano

La vida urbana siempre ha tendido a producir una visión sentimental de la naturaleza. Se piensa en la naturaleza como en un jardín, una vista enmarcada por una ventana, un escenario de libertad. Los campesinos, los marineros, los nómadas saben que no es así. La naturaleza es energía y lucha. Es lo que existe sin promesa alguna. Si pensamos en ella como en un escenario, un ruedo, éste ha de ser uno que se preste tanto pra el mal como para el bien. Su energía es de una indiferencia atroz. La primera necesidad de la vida es un techo. Guarecerse de la naturaleza. La primera plegaria pide protección. El primer signo de vida es el dolor. Si la creación tuvo un objetivo, éste está oculto y sólo puede ser descubierto por ciertos signos intangibles, nunca por la evidencia de lo que sucede. (John Berger, “El pájaro Blanco”)

Guernica, Pablo Picasso

Todas las cosas, ya se trate de un objeto útil, un bien de consumo o una obra de arte, tienen una forma con la que se muestran, y sólo en la medida en que tenga una forma podemos decir que una cosa es tal . Entre las cosas que no se producen en la naturaleza sino sólo en el mundo hecho por el hombre, distinguimos entre objetos útiles y obras de arte, que poseen, unos y otras, cierta permanencia variable: desde la durabilidad corriente hasta la inmortalidad potencial en el caso de las obras de arte; como tales, estas últimas se diferencian por una parte de los bienes de consumo, cuya duración en el mundo apenas excede el tiempo necesario para producirlos, y por otra, de los productos de la acción, como vicisitudes, hazañas y palabras, por sí mismas tan transitorias que apenas si sobrevivirán a la hora o al día en que aparecieron en el mundo, si no fuera porque el hombre las conserva primero en su memoria, porque de ellas hace relatos, después, con sus habilidades de productor. Desde el punto de vista de la mera durabilidad, las obras de arte son muy superiores a todas las demás cosas y son las más mundanas de todas, porque permanecen en el mundo más que cualquier otro objeto. Además, son las únicas cosas sin una función en el proceso vital de la sociedad; en términos estrictos, no se fabrican para el hombre sino para el mundo, destinado a perdurar más allá del curso de una vida mortal, más allá del ir y venir de las generaciones. No se consumen como bienes de consumo ni se desgastan como objetos, y además, deliberadamente se las aparta del proceso de consumo y uso y se las aísla de la esfera de las necesidades vitales humanas. Este aislamiento se puede lograr de muy diversos modos, y sólo donde se produce de verdad nace la cultura en su sentido específico.             

Aquí no se trata de si la mundanidad, la capacidad de fabricar y crear un mundo, es parte de la “naturaleza” humana. Sabemos que existen personas sin mundo como sabemos que existen hombres no mundanos; la vida humana en sí misma requiere un mundo, porque necesita un espacio sobre la tierra mientras dure su estancia en ella. Cualquier cosa que hagan los hombres para darse un cobijo y poner un techo sobre sus cabezas –incluso las tiendas de las tribus nómadas– puede servir como un hogar sobre la tierra para los que vivan en esos momentos; pero eso no implica que esos actos den origen al mundo, y mucho menos a la cultura. En el sentido propio de la palabra, ese hogar mundano se convierte en un mundo sólo cuando la totalidad de las cosas fabricadas se organiza de modo que pueda resistir el proceso consumidor de la vida de las personas que habitan en él y, de esa manera, sobrevivirlas. Hablamos de cultura en el caso exclusivo de que esa supervivencia esté asegurada; y cuando nos enfrentamos con cosas que existen independientemente de todas las referencias utilitarias y funcionales, y cuya calidad se mantiene siempre igual, hablamos de obras de arte. (Hanna Arendt, Entre el pasado y el futuro, “La crisis en la cultura: su significado político y social”)

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Mariano Lescano

Buenos Aires, EdM, septiembre 2020