Adelanto: Arturo, la estrella más brillante, por Reinaldo Arenas

Esta novela breve de Reinaldo Arenas (1943-1990) presenta varios de los núcleos temáticos que están presentes en la narrativa del escritor cubano: homofobia, persecución, necesidad de libertad. La novela está dedicada a Nelson Rodríguez Leyva, escritor cubano que pasó por UMAP, uno de esos ominosos campos de reeducación sexual donde enloqueció, y terminó fusilado por haber intentado desviar, granada en mano, un avión hacia Florida. Arturo, La estrella más brillante, fue publicada en 1984, pero esta es la primera vez que se publica en América Latina en la Colección Reinaldo Arenas de Editores Argentinos.  

A Nelson, en el aire.


«HE VISTO UN LUGAR REMOTÍSIMO habitado por elefantes regios», había escrito hacía unos años, no muchos, cuando aún pensaba que un grupo de signos, que la cadencia de unas imágenes adecuadamente descritas, que las palabras, podrían salvarlo… y ahora hizo descender los elefantes y depositó sus grandes figuras palpables y apacibles al final de la extensa llanura, donde comenzaba su gran obra; porque si era cierto que ya antes se había ejercitado, si desde hacía mucho tiempo no desperdiciaba un solo minuto libre sin dedicárselo a la construcción de un árbol gigantesco, de una piedra de matices cambiantes, de unas aguas sin centinelas, de un rostro, era ahora realmente cuando todos esos esfuerzos tomaban una coherencia suprema, se encaminaban hacia un fin perfecto y ordenado, único y grandioso; así se orientaban misteriosamente las ideas, llegaban, eran seleccionadas, eran rechazadas las imágenes simples o repetidas, feas o tristes que diariamente tenía que contemplar y que seguramente ellos, los otros, los demás, todos, se las lanzaban contra su memoria o su ilusión, siempre para joder, siempre para joder, queriéndole estropear su obra, queriendo interrumpirlo, queriendo confundirlo y perderlo, reducirlo, enmarcarlo a sus estúpidos razonamientos, a sus mezquinas concepciones, al mundo, a su mundo (el mundo de ellos), a la vida, a sus asquerosas vidas; pero todos sus razonamientos, todas sus fuerzas y hasta sus gestos, todo su organismo y sus intenciones, todos sus sentidos estaban tensos, limpios, alertas, listos, dispuestos a asimilar y a rechazar, a aprovechar y transformar, a sacrificar, en función de la gran obra que por ellos fluía; y ya él sentía de nuevo, de nuevo, aquel escozor nunca antes (antes) sentido y sin embargo, sin saber por qué, conocido, era un cosquilleo, una pululación, era como si de pronto lo estuviesen levantando, lo alzasen, flotase (otra vez, otra vez), y en ese espacio sin atmósfera, él ascendía, él ascendía, ascendía conducido, liberado por los impulsos de su genio que él veía adquirir dimensiones tales, destrezas tales que ya parecía que se hubiese independizado del resto de su ser, de su organismo, de sus instrumentos necesarios para manifestarse, de, incluso, su propio cerebro; era como si alguien, él mismo, pero no él, estuviese haciendo gestos inconcebibles, provocando un llanto, una alegría, una plenitud, desgranando ante un auditorio sin tiempo un ritmo, una canción, una melodía, la única, la exquisita, la que todos siempre habían soñado, habían esperado secretamente aterrorizados y felices, y él se veía otorgando aquellas maravillas, él viéndolo a él… y tuvo casi terror al pensar que también él podría ser un instrumento, un simple artefacto, y que la gran melodía, la gran creación, la obra, surgía, surgiría, estaba allí, inexorable, y que sencillamente lo utilizaba, como pudo haber utilizado a cualquier otro, como utilizaba también a sus intérpretes, a los que contemplaban, para situarse, para manifestarse, para dar testimonio, de tiempo en tiempo, de una invariable, inexpugnable, eternidad, ahora, en este preciso momento, valiéndose de un sencillo, ignorante, mensajero, que el excesivo espanto, y también el azar, habían determinado que fuese él… y secretamente sintió que aun en el momento más sublime de su existencia, el momento que la justificaba, aun entonces, aun ahora, seguía siendo víctima de una estafa, era un esclavo; pero acaso, ¿no podrían ser ellos quienes ahora se empecinasen con su típica tenacidad malévola, única tenacidad auténticamente humana, en introducir en su cerebro aquellas maquinaciones? ellos, con sus infinitas conversaciones inútiles, ellos con sus gestos excesivamente afeminados, artificiales, grotescos, ellos rebajándolo todo, corrompiéndolo todo, hasta la auténtica furia del que padece el terror, hasta el abusado ritual de las patadas, los culatazos en las nalgas, las bofetadas; hasta la ceremonia de un fusilamiento se convertía, se transformaba para ellos en un ajetreo de palabras rebuscadas, de poses y chistes de ocasión; ellos, reduciendo la dimensión de la tragedia, de la eterna tragedia del sometimiento, de su eterna desgracia, a la simple estridencia de un barullo, enarbolando el choteo, la risa, el marcado aleteo de las pestañas, la mueca, la mano como ala, la parodia vulgar de alguna danza clásica; ellos pintándose el rostro con lo que apareciese, improvisando pelucas con flecos de yagua y hojas de maguey, remedando minifaldas con sacos de yute hábilmente sustraídos de los almacenes custodiados, y en la noche confundiendo sus insatisfacciones, chillando, soltando su estúpida jerigonza, sus estúpidos ademanes exhibicionistas, sus máscaras que ya de tanto usarlas habían pasado a ser sus propios rostros… ¿quién, allí, por unos instantes se detenía y pensaba?, ¿quién aprovechaba las cada vez más escasas oportunidades para salir corriendo, para huir?… gracias pues a ellos (a «ellas») había elegido hacerse superior, o también podían ser los otros (había establecido tres categorías: ellos, los otros y los demás), los otros, los que están después de ellos, los que vigilan, los que se consideran superiores, elegidos, puros, los que se vanaglorian, sin ser excesivamente cierto, de no haber tenido, de no tener relaciones más que con hembras, jebas de grandes tetas, así, así, mujeres de grutas supurantes, bollos que al ser penetrados y dar testimonio público del acontecimiento, los otros y también los demás (todos extremadamente exhibicionistas) les otorgaban como un voto de confianza, un puesto más elevado y el privilegio de ofender; sí, también podían haber sido los otros, los superiores, los de uniforme, los que ahora tienen el mando, las armas, una misma jerga (otra jerga también aborrecible), y el transporte y todos los jeeps, automóviles, camiones, guaguas y motocicletas verdes, igual que sus ropas, podían haber sido esos, los jefes, o los delegados de los jefes, peores, los que violentos se rascaban los testículos y les gritaban a ellos «maricones, corran», los que lo hubiesen conminado a elegir hacerse superior, Dios;

Reinaldo Arenas

EdM, julio 2020

Recomendamos la lectura, en este mismo número de “Reinaldo Arenas, en tono menor” por Andrés Monteagudo