Racismo: más de cinco siglos igual, por Alcides Rodríguez

El pasado 31 de mayo cuatro policías irrumpieron en una vivienda de una comunidad qom en la provincia del Chaco gritando consignas racistas y atacaron a cuatro jóvenes de manera brutal. Un nuevo capítulo de una larga historia de racismo, crueldad y muerte.         

El 19 de julio de 1924 el Chaco argentino amaneció teñido de sangre. Siguiendo órdenes del gobernador Fernando Centeno unos doscientos policías y pobladores se dirigieron a la localidad de Pampa Aguará, próxima a la reserva de Napalpí, para atacar a más de mil qom y mocovíes que se hallaban allí reunidos. Descarga tras descarga los masacraron sin piedad mientras un avión arrojaba sustancias químicas para incendiar la toldería. Los atacados no se defendieron. “Indio que se hallaba con vida – denunció el Heraldo del Norte en una edición especial – era ultimado acribillándosele a balazos o a machetazos”. Entre los muertos hubo niños y ancianos. Algunos supervivientes pudieron escapar al monte. Otros fueron capturados y entregados como sirvientes en las ciudades de Quitilipi y Machagai. No hubo una sola baja policial. 

Para medios importantes de la región como El Colono y La Voz del Chaco todo estaba muy claro: la policía había actuado en defensa de la propiedad y el honesto trabajo de los chacareros blancos frente a la amenaza de un malón de indios salvajes. Hubo pocas voces que llamaron a las cosas por su nombre. El mencionado Heraldo del Norte, un periódico de tendencia anarco-socialista que se publicaba en Corrientes por estar prohibido en el Chaco, hablaba lisa y llanamente de masacre. Otra voz que se levantó fue la de Enrique Lynch Arribálzaga, un naturalista que junto a Eduardo Holmberg había fundado la primera revista de historia natural del país. Lynch Arribálzaga conocía muy bien el tema por haber dirigido la reserva de Napalpí. Envió una carta al Congreso Nacional denunciando en fuertes términos la matanza perpetrada por la policía. Pero pronto todo quedó en el olvido. 

Hacía ya mucho tiempo que la vida de los pueblos originarios del noreste argentino se había vuelto difícil. La campaña militar de 1884 y el flujo continuo de colonos italianos, españoles y eslavos los desplazó hacia las zonas más pobres del territorio, privándolos de tierras y ríos que durante siglos habían constituido su hábitat. El despojo y una situación de empobrecimiento creciente los obligó a buscar alternativas en el mercado laboral. Con la llegada del ferrocarril en 1911 se completó la ocupación blanca de sus antiguas tierras y terminaron viviendo en comunidades dispersas entre las colonias, o en reservaciones como la de Napalpí, fundada ese mismo año. Para el ministro Benjamín Victorica, uno de los comandantes de la campaña militar, se les abría la gran oportunidad de entrar en la civilización, progresar y contribuir al desarrollo del país. La civilización hizo lo de costumbre: transformó ancestrales actividades de caza, pesca y recolección en largas y extenuantes horas de trabajo en colonias y plantaciones, pagadas con jornales de miseria. La gran oportunidad fue en realidad para colonos, hacendados azucareros y contratistas de mano de obra.   

Como venía sucediendo desde hacía siglos el choque de estos pueblos con el mundo blanco también desestructuró su cosmovisión. La destrucción de sus tradicionales medios de vida, la expulsión de sus tierras ancestrales, las penurias materiales, la alteración de los patrones de relación… todo su mundo estaba en crisis. En los mitos de la religiosidad tradicional se hablaba de envejecimiento y rejuvenecimiento universal, así como de héroes poderosos que abandonaban el mundo para regresar en tiempos de crisis y restaurar un orden nuevo, perfecto e inmortal, en el que todos volverían a ser felices.   

 En 1923 una serie de huelgas en la industria azucarera tucumana mostró la grave situación social que se vivía en el norte del país. La demanda de los huelguistas eran más que razonable: terminar con la explotación, mejora de salarios y condiciones de trabajo. Los trabajadores qom participaron, adquiriendo una experiencia organizativa que se iba a ver un año más tarde en Pampa Aguará. Las relaciones entre colonos y trabajadores originarios en el Chaco atravesaban también momentos de alta conflictividad. Las consignas racistas estaban a la orden del día: para los colonos los pueblos originarios eran razas inferiores poco aptas para el trabajo y más bien inclinadas a la holgazanería, la borrachera, la pendencia y el pillaje. La política de mano dura que las autoridades locales solían aplicar contra ellos no hacía más fáciles las cosas. Esa mañana de 1924 los líderes qom Dionisio Gómez, José Machado y Pedro Gómez, junto a los mocovíes Pedro Maidana y Miguel Durán, llamaron a una huelga general. Ordenaron dejar de trabajar para los blancos, abandonar todo lo que estuviera relacionado con ellos y congregarse en Pampa Aguará para realizar rituales y bailes en espera del retorno de los antepasados. Dionisio Gómez, que era chamán, afirmaba desde un santuario montado en el lugar que estaba en contacto con ellos y con Dios. Hablaban a través de su boca anunciando su retorno, la inminente destrucción del hombre blanco y la llegada de una nueva era de felicidad perfecta, en la que qom y mocovíes recuperarían sus tierras y volverían a ser libres y poderosos. Los que no obedecieran sufrirían plagas, enfermedades y muerte. Se podía disponer libremente de todos los bienes y no había que temer a la policía: la magia de Gómez haría a todos invulnerables a sus balas. Comenzó a llegar a Pampa Aguará gente de toda la provincia y la tensión no dejó de crecer, hasta que todo estalló. En pocos minutos la represión policial dejó cientos de muertos. Nadie se defendió, convencidos de la invulnerabilidad garantizada por Gómez. Durán y Machado consiguieron escapar. Los otros líderes fueron asesinados.

“Yo era una niña, pero no tan chica, por eso recuerdo. Cuando la reducción mi abuelo cazaba cualquier bichito para rebuscarse. Es muy triste para mí porque mataron a mi papá y casi no me quiero acordar, porque me hace doler el corazón. Un avión de arriba tiraba bolsas y caían al piso y ahí los mataban. (…) No sé por qué mataron a muchos niños y grandes, fue mucho el sufrimiento”, dijo en 2018 Rosa Grilo, una sobreviviente de la matanza, a la Unidad de Derechos Humanos de la Fiscalía Federal de Resistencia que impulsa una investigación sobre los hechos de Napalpí, bajo el criterio de que constituyen crímenes de lesa humanidad que deben ser juzgados. “En la comisaría les apagaron la luz, les dieron una paliza, los chicos tienen las caras y los cuerpos reventados a golpes y las chicas hablan de abuso, manoseo y métodos de tortura. La Policía puso la excusa de que cascotearon la comisaría, aunque hayan o no hayan cascoteado, el grado de tortura y violencia que han sufrido esos jóvenes y sus familias es inenarrable”, dijo Cecilia Solá, miembro de la APDH y de la Mesa Multisectorial Feminista que denunció el brutal ataque policial a unos jóvenes qom de la localidad de Fontana sucedido el 31 de mayo de 2020. “De parte de la policía de la Provincia del Chaco – declaró hace pocos días Daniel Rolón, un referente qom – hay mucha persecución hacia la comunidad qom, sobre todo a los jóvenes (…) Nos tratan como “indios de mierda”, perdón por la palabra, pero así se expresan ellos. Nos dicen que estamos todos infectados de coronavirus y que hay que matarnos a todos”.   

Con el testimonio de Rosa Grilo la Fiscalía de Resistencia concluyó la investigación para iniciar un Juicio por la Verdad por lo sucedido en Napalpí. Se busca una sentencia que reconstruya los hechos, saber quiénes fueron los responsables y cuáles las motivaciones políticas, sociales y económicas que explican la matanza. El Equipo Argentino de Antropología Forense ha realizado exhumaciones en la zona para sumar evidencias. Se trata de lograr una reparación histórica y el reconocimiento social a las víctimas. En relación a lo sucedido en Fontana las autoridades provinciales rápidamente apartaron a los policías responsables de las atrocidades, se les abrió una causa judicial y hoy están bajo arresto domiciliario. Aunque con casi cien años de demora en el caso de Napalpí, el Estado está actuando como se debe actuar en estos casos. Un estudio llevado a cabo por varias universidades nacionales reveló que en la actual situación de pandemia se profundizó en la Argentina el racismo y la violencia hacia los pueblos originarios. Poco después del ataque en Fontana un grupo de policías intentó llevar a cabo un acto de apoyo a sus compañeros detenidos. No hay que descuidarse. “Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, o su origen, o su religión” dijo alguna vez Nelson Mandela.              

Alcides Rodríguez

Buenos Aires, EdM, junio 2020