El Time de los tiempos, por María José Schamun

En este tiempo de espacios reducidos y rutinas (re)movidas, las experiencias individuales decantan y se adensan al punto de hacernos sentir más solos y aislados. El arte que no hace más que manifestar todo lo que es humano nos permite pensarnos en todas nuestras dimensiones. Time, la re-edición de la performance de David Lamelas en Suiza en 1970, condensa la síntesis de dos dimensiones que se nos han vuelto esquivas: el tiempo y el espacio.

Todo lo que creemos saber sobre nosotros mismos no es más que recuerdo, propio o ajeno. La memoria, esa capacidad de conectar puntos en el tiempo del mismo modo que conectamos estrellas en el cielo, le da un sentido a lo que vivimos y, tal vez por eso, le tememos a lo que llamamos tiempo muerto, esos instantes en los que no realizamos acciones memorables, pero que atravesamos para que los otros ocurran.Hace unas semanas, David Lamelas re-editó Time. Veinte artistas se conectaron a una video conferencia para compartir unos minutos de su tiempo con el objetivo de subrayar que esa (aparente) inutilidad de los instantes puede adquirir la densidad necesaria para ser memorable, aunque nada suceda más que la existencia compartida. En esa sucesión de minutos que los artistas se pasan unos a otros, los cuerpos respiran, pestañean, se miran, suspiran, brilla el sol o las otras estrellas a través de las ventanas. Cada uno de los participantes estaba en dos espacios al mismo tiempo, ¿al mismo tiempo? Dentro de la pantalla el tiempo se suspende por obra de un sol que está presente en todos los ángulos al mismo tiempo creando un cielo luminiscente y un día absoluto (hasta en su noche). Sin embargo, en la experiencia artística los segundos transcurrían para volverse minutos de distintas horas. Dentro de sus casas, cada uno se proyectaba a ese espacio otro que la pantalla habilita y, desde allí, se abre a diferentes horas, a diferentes soles.

Time, David Lamelas, en línea, abril de 2020

Confinados en los espacios que hemos creado, el tiempo se nos vuelve artilugio, una ficción que va perdiendo sentido más allá de la rotación y la traslación. En ese espacio otro en el que solemos proyectarnos, el tiempo tiene otra naturaleza, puede ser manipulado por los seres humanos y podemos experimentar la ilusión de omnipotencia sobre ese elemento que nos condena a la finitud. Nos movemos en un eje imaginario de las coordenadas del espacio y volvemos a vivir lo acontecido con la posibilidad de alterar los hechos y crear así, espacios paralelos; o nos movemos hacia lo que todavía no es para entender mejor lo que está siendo; o creamos formas de perpetuarnos aniquilando la línea e instalando una marea en la que flotamos. En todas las ilusiones, no logramos desvincular el tiempo del espacio.

Time fue presentada por primera vez en 1970 en los Alpes suizos con motivo de un festival. La idea había sido crear un momento y los elementos que Lamelas usó en aquél entonces fue lo más elemental y lo más poderoso: el tiempo, el espacio y el cuerpo. Quince personas en línea sobre la nieve pasándose los minutos de uno en uno. Tiempo compartido.

Time, festival Les Arcs International, Suiza, 1970 (fuente: Time (1970-2018), Malba)

Ahora la situación se nos presenta como un espejo invertido donde la presencia es imposible y sólo podemos crear su ilusión proyectándonos en ese espacio alterno. Ahí, hogar de las ficciones y las fantasías, hicimos nuestro refugio porque en esa pequeña esquina no morimos y los minutos “muertos” de nuestra existencia desaparecen. Allí siempre nos pasan cosas, conversamos, mostramos y hasta estamos juntos en el espacio de la pantalla, aunque no podamos tocarnos u olernos. En ese espacio otro, no podemos besarnos, pero somos eternos.

¿Vale la pena una eternidad sin besos?

Las pantallas estaban en filas enfrentadas, encendidas pero sin sintonizar ninguna señal lo que hacía que el fuerte brillo celeste de los tubos catódicos se desbordara por toda la sala, impregnara la cara de quienes asistían a Situación de tiempo en el DiTella. Era 1967 y el medio era el mensaje, los inventos que nos iban a permitir una comunicación instantánea y masiva transformaban el mensaje aplanándolo. La intensidad de la presencia de los quince cuerpos en los Alpes, contando los minutos que se otorgan libre y desinteresadamente, se disuelve en las luces ubicuas del sol que impacta en las pantallas de Zoom. Ahora nosotros somos el mensaje que esas pantallas envían de forma instantánea y, a veces, masiva y repetitiva, porque si algo caracteriza a la nube en la cual nos resguardamos es la capacidad de almacenar información. Todas las experiencias de nuestras proyecciones están guardadas en ese espacio que habitan, una parte de nosotros nos excede, se escapa. ¿Quién recordará esas experiencias? ¿Qué memoria dará sentido a los bytes que forman nuestras pestañas y que las hacen caer y subir en un breve aleteo? ¿Recordarán las proyecciones el roce de la tela que nos cubre o el aroma del té que nos acompaña en las reuniones?

Hemos creado y perfeccionado un espacio en el que somos dueños del tiempo, nos zambullimos voluntariamente en él esperando que nos salve del decaimiento de nuestro cuerpo. Nos hemos vuelto Moreles de nosotros mismos, y al igual que sus creaciones también nosotros parecemos ignorarlo.

María José Schamun

Buenos Aires, EdM, mayo 2020

*La imagen de portada corresponde a Situación de tiempo, instalación de 1967 en el Instituto DiTella. Fuente: Situación de Tiempo (1967), Malba.