El infinito en el cuerpo, por Alcides Rodríguez.

Este año se conmemora el 250 aniversario del nacimiento de Ludwig van Beethoven. A pesar de lo difícil del contexto presente se realizan numerosos homenajes en todo el mundo.

En su libro El sonido es la vida, el poder de la música Daniel Barenboim sostiene que hablar de la música es imposible. Después cita la definición del pianista y compositor Ferruccio Busoni: la música es aire sonoro, que dice todo y nada al mismo tiempo. Lo imposible tiene la virtud de habilitar el deseo con lo posible.  

Cuando el músico produce un sonido lo que hace es traerlo al mundo físico. Sale del silencio y vuelve al silencio. Su vida es efímera, y lo que dura depende de cada instrumento. En el piano, por ejemplo, su paso por el mundo es muy breve; en un oboe o un violoncello puede sobrevivir un tiempo más. Lo primero y lo último que siempre se escuchará de una composición será el silencio. “La música – dice Barenboim – es un espejo de la vida porque los dos empiezan y terminan en nada”.   

Esta nada apareció en los oídos de Beethoven cuando quedó definitivamente sordo. Igual intentó dirigir, al menos los ensayos. No era inusual que se saltara compases o se fuera de tiempo, para desesperación de asistentes de dirección y concertinos. Los que lo vieron afirman que el maestro dirigía de una manera muy singular, poniendo todo el cuerpo en acción. “Sus brazos y manos – decía el tenor Franz Wild – se movían como si mil vidas se apoderaran de cada miembro suyo”. Agitaba la batuta con desenfreno, se agachaba hasta tocar el piso para indicar pianíssimos, saltaba una y otra vez con los brazos extendidos para los fortíssimos. Sonreía enigmáticamente en algunos pasajes, emitía sonidos extraños, gritaba. La soprano Wilhelmine Schröder lo recordaba dirigiendo “con el rostro desorientado y los ojos tomados por una inspiración inmaterial (…) como si estuviera mirando una de las figuras fantásticas de Hoffman surgiendo enfrente mío”. 

Cuando Barenboim aborda en su libro cuestiones de interpretación se inspira en Spinoza. Establece un paralelismo con la idea de que la finitud humana se desprende de la infinitud del todo. Así, la interpretación del músico es expresión finita y temporal de una partitura que es obra terminada y sustancial final. Una posibilidad entre infinitas posibilidades. No existe fidelidad a la partitura en un sentido absoluto, no alcanza con reproducirla literalmente de forma sonora. El intérprete que aspira a captar la sustancia de la música sabe que inicia una búsqueda que nunca termina. “Como músicos – afirma Barenboim – debemos aceptar la partitura impresa como una sustancia infinita y no olvidar que nosotros somos finitos, temporales”.     

Imposibilitado para el sonido, Beethoven tenía sus partituras en la cabeza. Y, quizás, la arrebatadora capacidad de desatar el infinito en el cuerpo.    

Alcides Rodriguez

Buenos Aires, EdM, mayo 2020