Crónica de lecturas, por Pablo Luzuriaga

No arrancar hablando del tema. Salir. Abrir la puerta y caminar. La cabeza en modo peripatético. Hablar con las imágenes mentales, escuchar lo que tengan para decir los recuerdos. Cruzo la calle con el semáforo en rojo. No vienen autos. Camino sin rumbo. Los naranjos entran por la nariz. Huele dulce, en descomposición. El sol viene y va entre las casas y los árboles, calienta lo justo para una siesta en el parque. A la sombra el aire se condensa y entra en los pulmones más limpio. Un perro ladra y me asusta. Me grita en la oreja. Sigo a paso ligero, como si tuviera un destino. Bajo los fresnos y los liquidambares crujen hojas, amarillas, rojas. El viento las mueve en todas las cuadras. Pasan dos con barbijo. Los del quiosco acomodan mercadería. Un rayo de sol se refleja en el espejo de un auto y por un momento me deja ciego; cierro los ojos sin dejar de caminar, la brisa de mayo me acaricia los pómulos. Dormí pésimo, muy pero muy mal, ¿podría soñar caminando?

Tropiezo, un movimiento de cadera ajusta el paso y sigo, siento un leve pinchazo en el nervio de un glúteo. Abro el cierre del abrigo, empiezo a tener calor. Una gota cae por la espalda y se cuela fría entre el calzoncillo y la piel. Una mujer, parece bellísima, me observa desde la vereda de enfrente, no sé si saluda o tiene miedo. Por mirarla, no veo al hombre que sale de su casa marcha atrás cerrando la puerta, él tampoco a mí, cuando nos damos cuenta de que estamos a punto de chocar, nos alejamos; mucho más antes. Cruzamos miradas, no sé si está enojado o pide disculpas. La mujer que parecía bellísima y el hombre que salía de espaldas me duelen, me atormentan un instante, pero apuro el paso y quedan atrás, siento sus miradas en la nuca. Todos saben cómo comportarse y yo creo que estoy haciendo algo mal. 

En la esquina de la avenida me detengo.

“Para ir”, Luis Alberto Spinetta

Siéntate a ver el día
mira que gusto da, ver el rayo justo
donde empieza la avenida
Descálzate en el aire… para ir
No lleves ni papeles
hay tanta gloria allí, que al final
nadie tiene un sueño sin laureles
Que tu cuerpo, al menos esté limpio…para ir
Córrete hasta el espacio
quiero que sepan hoy, qué color es
el que robé cuando dormías
Ya, móntate en el rayo…para ir

Muy lejos, despacio, viene un colectivo. Por la mano de enfrente, una mujer pasa en bicicleta. Los semáforos hablan pero donde el público frena a escucharlos están las sillas vacías. Sin gente, la avenida es mucho más larga que antes. Varias personas esperan su turno frente a la casa de pastas. En las ventanas, nadie. Nadie cuelga la ropa en ninguna terraza. Entro al cajero. Pongo plata en el bolsillo y sigo. La arboleda al otro lado de la avenida se hace espesa. Subo el cierre del abrigo. Pienso que al llegar voy a tener frío. Las ráfagas de otoño mueven las copas de los plátanos. Las hojas se sueltan, se arremolinan. Titilan los rayos del sol. Otra vez, tropiezo. El municipio puso buenas baldosas con pésimo cemento. En la vereda hay autos a la entrada de las cocheras. Bajo a la calle sin mirar. Pateo frutos de liquidambar sobre el asfalto. Uno. Luego otro. Hago el movimiento que conozco al patear la pelota, un poco ladeado para buscarle el chanfle. Los coquitos de liquidambar pican varias veces antes de golpear con el cordón de la vereda. Alguno sube. Pateo el piso, sin querer. Otra vez, el pinchazo en el nervio del glúteo. No escucho nada, ni un pájaro, el silencio es completo, me embriaga un leve mareo. Otra ráfaga inunda todo con el estruendo mudo de las hojas.

El viento frío me despeja. Los ojos se humedecen. Una gota se enfría, cae desde el rabillo del ojo. Una muesca de pimienta se desaloja de una muela e invade mi nariz. Con el andar, el cinturón y el pantalón se aflojan. Me acomodo de un lado para que la diagonal los sostenga trabados en una cadera. Termina el asfalto y el temor a un tropiezo ahora con adoquines me hace volver a la vereda; subo torpe entre dos postes y un cable que cuelga. Las ventanas, cerradas. Las veredas, sin barrer. En las rejas cuelgan menúes de delivery. Alguien los pega con un centímetro de cinta de papel. En los buzones hay correo olvidado. Los metros cuadrados de pasto acá y allá han crecido. Llego a la esquina. No veo a nadie hace rato. La cuadra siguiente es barranca abajo. En ambas manos hay paredones que ocupan los cien metros. Dejo la arboleda atrás, aparece de nuevo el cielo junto al Río de la Plata. Las ráfagas son menos frías pero empujan con más fuerza. Traen el sonido del agua que choca contra las piedras. Hay mucho sol. 

Antes de entrar a la zona parquizada de la orilla miro a los dos lados, también hacia atrás. Nadie sabe que estoy ahí, nadie me ha visto. 

A doscientos metros de la entrada, detrás de unos ceibos achaparrados, hay un banco de plaza. Hay sol, pero el cemento está frío. El viento no ayuda. Me siento en el piso y apoyo la espalda contra el banco. Parece haber un metro de tregua sin viento desde el suelo hacia arriba. En algún lado rebota y deja ahí, frente al banco, una burbuja de sol donde no hace frío. El tinte del río sin orillas no refleja el cielo. Marrón con manchitas blancas. Hacia un lado se ven los edificios de la ciudad de Buenos Aires. Hacia el otro, el muelle de los pescadores. 

Saco uno de los libros que traigo en la cartera y lo abro al azar. 

Robert Walser, El paseo. Traducción de Carlos Fortea. Siruela

Venteo algo de un librero y una librería; asimismo, según intuyo y noto, pronto habrá de ser mencionada y valorada una panadería con jactanciosas letras de oro. Pero antes tengo que reseñar a un sacerdote o párroco. Un químico de Ayuntamiento, pedaleando o dando pedales, pasa con rostro amable y de importancia pegado al paseante, es decir, a mí, al igual que un médico de guarnición o de Estado Mayor. No se puede dejar de atender y reseñar a un modesto peatón, porque me ruega que tenga la amabilidad de mencionarle. Se trata de un anticuario y perista enriquecido. Chiquillos y chiquillas corretean al sol libres y sin freno. “Déjenlos ir tranquilos y sin freno”, pensé; “la edad se encargará de asustarlos y frenarlos. Demasiado pronto, por desgracia”. Un perro se refresca en el agua de la fuente. Golondrinas, me parece, trisan en el cielo azul. Una o dos damas elegantes, con faldas asombrosamente cortas y botines altos de color sorprendentemente finos, se hacen notar espero que tanto como cualquier otra cosa. Llaman la atención dos sombreros de verano o de paja. La cosa con los dos sombreros de paja es la siguiente: de repente veo dos sombreros en el aire luminoso y delicado, y bajo los sombreros hay dos excelentes caballeros que parecen desearse buenos días mediante un bello y gentil levantar y agitar el sombrero. En este acto, los sombreros son visiblemente más importantes que sus portadores y poseedores. Por lo demás, se ruega humildemente al autor guardarse de burlas y sarcasmos, en realidad superfinos. Se le insta a mantenerse serio, y ojalá lo haya entendido de una vez por todas.” (p.5)

Guardo el libro en la cartera. Levanto la vista. El río, marrón con manchitas blancas. El viento se escucha, pero no lo siento. Cada tanto una ráfaga logra entrar a mi burbuja, desde abajo hacia arriba. Acomodo la remera dentro del pantalón.

Abro el segundo libro que traigo en la cartera de cuero.

1948. Adán Buenosayres, Leopoldo Marechal, la edición de Clarín.

“Digo, pues, que Samuel Tesler, no bien estuvo de pie, metió el pucho de su cigarrillo en un cenicero y lo reventó con la uña de su pulgar. Luego fue hasta el pizarrón y borró con esmero las anotaciones del día veintisiete. Salió por fin a la ventana y sus ojos dominaron la ciudad, que reía desnuda bajo el arponeo del sol. Entonces, como llevado por una idea fija, tendió un brazo elocuente y mostró los techos de zinc, las terrazas de color ladrillo, los campanarios distantes y chimeneas que humeaban al viento. 

–¡Ahí está Buenos Aires! –dijo–. La perra que se come a sus cachorros para crecer. 

Gritos y carcajadas que venían desde afuera interrumpieron su naciente discurso

–¿Quiénes gritan afuera? –preguntó el filósofo arrugando el ceño. Adán le señaló un edificio en construcción que se levantaba enfrente: 

Los albañiles italianos.

¿Y de qué se ríe la bestia itálica?

De tu quimono.

Así era, en efecto, porque los albañiles, olvidándose de las cebollas crudas que a esa hora mordían en el cielo, se agitaban ya en sus andamios para celebrar la aparición del quimono y de las asombrosas figuras que contenía. Entonces, con expresión enigmática, Samuel Tesler miró a los albañiles italianos y les trazó el signo masónico siguiente: colocó su antebrazo izquierdo en la articulación de su brazo con antebrazo derecho; armado ya el signo, agitó dos o tres veces el antebrazo derecho y esperó con visible ansiedad. Pero los albañiles no tardaron en responderle con signos iguales, observado lo cual el filósofo estalló en una risotada satisfecha: se habían entendido. Luego, dirigiéndose a su visitante, a los albañiles, a la ciudad y al mundo, Samuel Tesler habó así:

(…)

Son las doce, y en esta hora solemne dos millones de estómagos entusiastas reciben allá los bolos alimenticios que les envían sus afortunados poseedores. Dichos bolos, como sabéis, han de transformarse luego en sangre y en materia fecal: las materias fecales, por ingeniosas cañerías, irán a enriquecer las aguas del río epónimo, como diría Ricardo Rojas; y la sangre, convenientemente oxigenada en los pulmones, recorrerá las generosas arterias de mis conciudadanos. Y dos millones de cerebros pensarán que la vida es asombrosamente macanuda. Entonces, ¿qué hará un filósofo en la ciudad de la gallina? (50-51)

Otra vez levanto la vista. Miro el río. Pienso en Ricardo Rojas. Lo guardo. Me quedo un rato, con la vista perdida hacia el horizonte y la costa Uruguaya. El último libro que tengo en mi cartera de cuero es muy pequeño. De ediciones bilingüe, Nulú Bonsai. 

Caminar, de Henry David Thoreau

Sin duda, el temperamento y, sobre todo, la edad tienen mucho que ver con esto. En la medida en que un hombre envejece, aumenta su capacidad para quedarse quieto y llevar a cabo ocupaciones caseras. Se vuelve más vespertino en sus hábitos conforme se acerca la noche de la vida, hasta que, por fin, da un paso justo antes del atardecer y consigue caminar todo lo que necesita en media hora. 

Pero el caminar del que yo hablo no está relacionado con el ejercicio, como se le suele llamar, como cuando los enfermos toman su medicina a horas indicadas –como el balancear pesas o sillas–; sino que es en sí mismo la empresa y la aventura del día. Si habrías de hacer ejercicio, ve a buscar los manantiales de la vida. ¡Piensa en un hombre que balancea pesas para conservar su salud, cuando aquellos manantiales borbotean en pastizales remotos que ni él mismo ha buscado!

Además, debes andar como un camello, del que se dice es la única bestia que rumia mientras anda. Cuando un viajero pidió a la sirvienta de Wordsworth que le mostrase el estudio de su patrón, ella le contestó: `Aquí está su biblioteca, pero su estudio está al aire libre”. 

Vivir mucho al aire libre, al sol y al viento, sin duda producirá cierta rudeza de carácter –causará el crecimiento de una callosidad gruesa sobre algunas de las cualidades más finas de nuestra naturaleza, como sobre la cara y las manos, y, como el trabajo manual severo, le roba a las manos su delicadeza táctil–. Pero quedarse en casa, por otro lado, puede producir una suavidad y tersura, por no decir delgadez de piel, acompañadas de una aumentada sensibilidad ante ciertas impresiones. Quizás seríamos más susceptibles a algunas influencias importantes para nuestro crecimiento intelectual y moral si sobre nosotros el sol hubiera brillado y el viento hubiera soplado un poco menos; y no hay duda de que es una amable cuestión proporcionar de manera correcta la piel gruesa y la delgada. Pero paréceme que eso es una escama que se desprenderá lo suficientemente rápido, que el remedio natural se encuentra en la proporción de noche que puede aguantar el día; de invierno que puede aguantar el verano; de pensamiento, la experiencia. Habrá tanto más aire y brillo de sol en nuestros pensamientos. Las palmas callosas del trabajador están familiarizadas con los tejidos más finos del respeto propio y el heroísmo, cuyo tacto emociona el corazón más que los dedos lánguidos de la ociosidad. Aquello que queda encamado en el día y se piensa blanco es mero sentimentalismo, lejos de la piel tostada y de los callos de la experiencia.” (24-25)

Guardo el pequeño libro. Me quedo ante el río con la mente en blanco. Blanco, como el color de la piel del gigante, en las Aventuras de Arthur Gordon Pym. Como el cuadrado sobre fondo blanco de Malevich. Como la hoja donde contrasta mi yo de papel. La reunión de todos los colores. 

¿Acaso el “sentimentalismo” de la cuarentena no es indolencia pura, en el sentido de Simmel? Lejos de la piel tostada y los callos de la experiencia, hablamos por videollamada. Nostalgia de pico y martillo de la obra en construcción. Del paseo rodeado de gente: “chiquillos y chiquillas”. ¿Cómo es la indolencia de la cuarentena? Indolencia programada por los gestos que tapa el barbijo y la productividad del archivo compartido en drive. Extrañamos la multitud. El roce. El olor metálico en la palma de la mano al soltar la baranda del colectivo. Por arriba del barbijo las miradas se buscan a tientas, el vínculo en la oscuridad, los gestos se exageran toscos con el cuerpo. Todo se vuelve sospecha. Distancia. Se dicen secretos con la boca tapada. Nadie baila borracho una noche en una fiesta. Las plazas tienen cintas de peligro atadas a los juegos. Las caleciteras y caliciteros necesitan un subsidio. En la reserva ecológica los animales están más tranquilos. ¿En una isla de Tigre guardan cuarentena? El AMBA: “La perra que se come a sus carchorros para crecer.” La “m” y la “b” entre las dos vocales, la boca que come y hace ruidos con los labios cerrados.

La indolencia del AMBA, setenta años después de Adán Buenosayres. Los asentamientos, las villas. Los barrios populares. La perra creció, se comió a sus cachorros y no los puede tragar.

La política sanitaria es un gran primer paso como respuesta a la indolencia del gobierno que había eliminado el Ministerio de Salud. Pero no alcanza. Reemplazar con pantallas la realidad del paseante no es deseable. Coincide cien por ciento con el mito liberal del individuo aislado. El roce, el sacerdote o el párroco, el médico de guarnición, los albañiles italianos o paraguayos, el perro que se refresca en el agua de la fuente, la multitud donde se forja la indolencia del hombre y la mujer moderna no se reemplaza con pantallas, salvo en algunas grandes películas como Invasión de Hugo Santiago, entre otras. El gobierno podría recomendar buen cine y novelas como medida de salud. Sin embargo, la respuesta sanitaria que justifica la cuarentena no tiene por qué considerar el problema iluminado por Simmel. La científica del CONICET que descubre el genoma del virus no tiene que ocuparse también de la indolencia como problema social. El privilegio de la cuestión sanitaria por sobre la economía (la política contraria a los pasos de Donald Trump) no va en desmedro de mayor atención a la cuestión social. Los efectos de los mecanismos de defensa producto del shock por la ruptura de los lazos durante esta cuarentena tendrán largo plazo; sean o no asumidos. 

El planeta enfrenta todo junto, el mismo día y al mismo tiempo los dilemas milenarios de la vida y la muerte. 

Por estos días, la NASA difundió avistamientos de ovnis.

Miro al cielo; acaso desde un helicóptero –o un dron– me estén mirando. No sin dolores aquí y allá, me paro, articulaciones, contracturas, la pierna izquierda dormida. Por última vez, miro hacia el horizonte del Río de la Plata con el viento en la cara. 

Doy la vuelta, regreso a casa, me esperan. Salgo del escritorio, dejo los papeles atrás.

Pablo Luzuriaga

Buenos Aires, EdM, Mayo de 2020