Baba de perro, por Grisel Pires dos Barros

A propósito de Vasto Mundo de Flora Márquez, Buenos Aires, Maten Al Mensajero, 2019.

En una página de Vasto Mundo, de Flora Márquez, un perro encuentra una manzana mordida en la calle. De la mordida asoma un gusano. El perro curiosea y se come el gusano. El gusano la pasa mal entre los jugos gástricos del perro, el perro también la pasa mal, delira, y la luna, que todo lo ve, avisa que el perro de Ernesto acaba de entenderlo todo en un segundo: “La verdad del universo”. 

Ahí viene un silencio en Vasto Mundo (que está lleno de pequeños silencios para escucharse un poco) y lo que oigo yo es “42”. Quien haya pasado un rato en la Guía del autoestopista galáctico, de Douglas Adams, entenderá que apenas me llega el recuerdo de que 42 era ahí la verdad del universo, lo empuja un segundo recuerdo: esa novela empezaba con un fin del mundo ridículo y letal; por donde está la Tierra tenía que pasar una ruta hiperespacial, vienen los vogones con un aviso de demolición vencido y proceden.

Pero lo cierto es que incluso antes de que el perro de Ernesto se intoxique con la verdad del universo, Vasto Mundo, que salió a fines de 2019, ya me estaba pareciendo escrito y dibujado recién en estos días de coronavirus. Y no es que haya barbijos o respiradores, ni manos lavadas, alcohol en gel, continuidad pedagógica, lavandina, ventanitas de videoconferencias, geolocalizaciones y panes de masa madre. Hay otra cosa: una total interconexión de las desconexiones. 

Les presento: Flora Márquez, cordobesa, dibujante, diseñadora, humorista, fanzinera, codirectora de la revista Las Fieras, que lleva tres números difundiendo la producción de autoras de historieta. Tiene además un fanzín sobre el apocalipsis, o al menos arrancó, poco después del inicio de la cuarentena, un proceso similar al que llevó a otros de sus fanzines: preguntó en instagram “¿Cuál es tu forma de sobrellevar el apocalipsis?”, dibujó cada respuesta y la comentó con una canción. El resultado puede verse entre las historias destacadas de su perfil de instagram. A la vez, lejos de la dinámica de instagram pero apenas a un clic de allí, empezó a publicar un diario: Manatíes y Sirenas. Los diarios íntimos públicos son casi un deporte de cuarentena; pero Flora en realidad retoma la práctica que ejerció antes más privadamente, y para eso va a buscar un cuaderno de Snoopy con candado donde la nena que fue, que no confiaba en los candados, en vez de escribir de ella, anotaba noticias que le llamaban la atención. Ella ve ahí una forma de eludir el relato. Yo la veo acudir en busca de una nena que para contarse mira. Y hay mucho de ese gesto en la autora que es hoy. 

Por ejemplo, en el humor gráfico que hace para la publicación cordobesa La Tinta. en la sección “Sus Sesos. Titulares reales de diarios reales”, que parte, efectivamente, de titulares y de pequeños desplazamientos que obra la mirada de Márquez. El valor de la mirada, en particular la mirada sobre lo pequeñito, lateral o invisible parece venir de ese gesto de la niña Márquez e instalarse en Vasto Mundo.

Vasto Mundo se fue haciendo en fanzines y terminó de cocinarse en forma de libro ante la propuesta de Maten al Mensajero. Presenta una serie de personajes extraños, desconectados, y sin embargo conectados entre sí por la mirada total de la luna en las alturas y por la mirada petisa de Ariadna, que es un poco hormiga y un poco muchachita hambrienta, y anda por caminos de hormigas muchachitas hambrientas ligando páginas como quien hilvana pedazos de laberinto. El perro de Ernesto también conecta muchas escenas. Pero como no habla, no puede contar, o cuenta apenas acaparando de a ratos el ojo de la luna y llevándole la voz por algunas páginas. El dibujo de Flora es ágil y a la vez atento al detalle. Presenta claramente a sus personajes mientras siembra los segundos planos de cositas con las que va tejiendo conexiones y desconexiones. Como los cables desenchufados, sueltos o al lado de tomacorrientes, que aparecen en distintas habitaciones. En Vasto Mundo hay un artista bloqueado que convive con su frustración hecha bicho cuadrúpedo que demanda paseos. Hay un carnicero en busca de amores. Hay una mujer que morirá mañana. Hay un señor con todas las desventajas de dos caras que miran para el mismo lado y lloran lágrimas dobles. Hay una ladrona de naipes. Un psiquiatra que se serena en la idea de que la vastedad lo vuelva imperceptible. Un niño que teme a la nada. Hay criaturas diminutas y personalísimas. Hay lombrices asesinas, desesperanzas que se arrastran famélicas, gente que intenta adivinar el presente, gente que hace cosas para comprobar que está viva, gente que piensa en la muerte. Todxs en sus pedacitos de mundo, en sus viñetas, casi sin interacción, y sin embargo conectados en su desconexión. ¿Les suena? Las páginas de Vasto Mundo están organizadas en general en cuatro viñetas regulares que plantan el ritmo de un tiempo que se desarrolla lento, con rupturas hermosísimas como la página de las pesadillas de Ricardo, o la de la luna agobiada, o la de los saltos de intuición de Nidia. Parecen criaturas que esperan. Todo eso sucede o no sucede, entreverado en los pasos de Ariadna, que anda bajito metida en el laberinto, mira y come, come y mira. Y todo sucede o no sucede bajo el ojo de la superluna, que da cuenta de su propia prisión en la órbita que le es dado recorrer, y estira la existencia haciendo zoom in y zoom out en vidas, pensamientos, preguntas, pesadillas. 

  Quiero decir: Vasto Mundo casi parece pescar las sensaciones de estos días justo antes de que se desencadenaran. Todos aislados y conectadísimos, enchufados a la desconexión, con el peso de un ojo enorme encima, en este tiempo extraño que no avanza y corre a la vez. Y una no sabe si será que la Flora Márquez consultó el tarot, la borra del café, o al perro de Ernesto, o si nomás la experiencia de pandemia hace releer sus bichitos en el descubrimiento de tantas cosas que ya estaban allí. 

                                                                         Grisel Pires dos Barros

                                                                                  Buenos Aires, EdM, mayo 2020