A propósito de Historia de una investigación de Enriqueta Muñiz, por Guillermo Korn*

Historia de una investigación de Enriqueta Muñiz

Planeta, 2019, 272 páginas

Diciembre de 1956 / Febrero de 1957. Esas fechas, escritas en la primera página, en el margen inferior derecho, sirven de apertura a sendos cuadernos de notas. En ambos, con trazos impecables realizados con una estilográfica, se repite un título: Historia de una investigación. 

El primer cuaderno empleado para estas notas pertenece a una marca comercial que dejó huellas en la literatura argentina. Sol de Mayo fue uno de los periódicos editados, entre 1827 y 1828, en el Río de la Plata. A mediados del siglo XX, ese nombre remitía a una marca de cuadernos escolares. Sus páginas albergaron tanto a los bosquejos de dibujos del santafecino Juan Arancio como a los sonetos infantiles de Alberto Szpunberg; o a las anotaciones de un joven llamado Abelardo Castillo, que décadas después se darían a conocer como Diarios. Los cuadernos Sol de Mayo aparecen mencionados por Humberto Costantini en su poema “El futuro”, en la narrativa de Mario Goloboff, o como alternativa a “la increíble oportunidá de los cuatro peines Pantera” –parte del conjunto de cosas ofertadas en los pasillos del tren Roca– en Fredi, la novela de Héctor Lastra. Todos parecen haberle hecho caso a la leyenda impresa en la portada: “48 hojas útiles”. Vaya si lo fueron. Tanto como las notas del segundo cuaderno que Enriqueta Muñiz redactó, a modo de compensación, en otro escolar también, pero de marca sin prosapia: “Mascota”. 

No fueron los únicos que su autora atesoró a lo largo de su vida. Le gustaba llamarlos Cuadernos de manías o Cahiers de marottes. La alternancia en la definición denota el manejo de lenguas. Muñiz tenía un francés fluido, gracias a la enseñanza brindada por una institutriz en su infancia en Bruselas, tras el destierro –por la guerra civil– de su España natal. En 1956, Enriqueta tradujo, para Hachette, uno de los cantares de gesta: La canción de Rolando. Este poema épico, según leemos en la edición, fue traducido sobre el texto publicado según el  manuscrito de Oxford, vertido al francés moderno por Joseph Bédier. La editorial dará a conocer, en agosto, la Antología del cuento extraño, un libro que reúne un variopinto muestrario de autores locales y extranjeros. El trabajo estuvo a cargo de un joven escritor de cuentos policiales, diestro con el inglés, por origen familiar, como con el francés. 

A fines de ese año, Rodolfo Walsh, de él se trata, entró eufórico a la librería de la editorial donde trabajaba y los anotició de un hallazgo: “encontré al perro mordido por un hombre”. Esa definición que condensa qué significa un acontecimiento periodístico, en pocos años terminaría plasmada en otra frase no menos recurrente: “hay un fusilado que vive”. La “dinamita” que dijo haber encontrado serán los fogonazos en el rostro de un sobreviviente –varios finalmente– a los fusilamientos perpetrados meses atrás, en un basural de José León Suárez, en la noche del 9 al 10 de junio. 

Enriqueta también trabajaba en la editorial y fue testigo ese mediodía del excitado relato del escritor. La muchacha volvió con un encargo, unas horas más tarde, al hogar donde vivía con sus padres. Era la primera misión de las muchas que, a lo largo de un año, realizó junto a Rodolfo Walsh. Ambos encararán, en un mismo plano, una investigación de ribetes imprevisibles que irán publicando como artículos en distintos semanarios. La misma que, con el paso del tiempo, terminaríamos conociendo con el título de Operación masacre.  

La apuesta editorial de publicar el diario personal de la investigación, con las páginas escaneadas de los cuadernos en tamaño real y la decisión de sus herederos de compartirlo, nos permite, en tanto lectores, que tengamos acceso a un registro único. No hay transcripción del testimonio de Enriqueta Muñiz: sus páginas se suceden al igual que si hojeáramos cada cuaderno, aunque se pierda la textura original del papel y el particular olor que encierra algo escrito hace más de sesenta años y conservado en una caja. Pero su esencia se mantiene: la frescura de la letra manuscrita, regular y prolija para narrar un oscuro acontecimiento político que signó el devenir político de medio siglo. Es la perspectiva de quien fue parte central de esa investigación, conocida más tarde a través de un libro difícil de clasificar, firmado por un solo autor y reescrito en sus distintas ediciones. A partir de la de 1964 aparece un reconocimiento: “Desde el principio está conmigo una muchacha que es periodista, se llama Enriqueta Muñiz, se juega entera. Es difícil hacerle justicia en unas pocas líneas. Simplemente quiero decir que si en algún lugar de este libro escribo ‘hice’, ‘fui, ‘descubrí’, debe entenderse ‘hicimos’, ‘fuimos, ‘descubrimos’”. Ni las tachaduras de algunos nombres, ni el modo candoroso de la narración sobre el día a día de lo que se investiga alteran la gravedad de lo que significa un crimen de Estado. Más bien ponen en relieve el coraje y la templanza de una joven, extranjera, de 22 años, que por un lado merodea los detritos del poder dictatorial de turno para trabajar codo a codo –o de igual a igual– con quien le había propuesto ser parte de esta patriada, y por otro, aparece como quien debe cumplimentar el límite horario que su padre le impone para llegar a su casa, lo que la deja fuera de alguna entrevista.  

El libro permite conocer los entretelones de la investigación, la búsqueda de imágenes, documentos y testigos, el acercamiento a familiares de las víctimas, sus necesidades y algunas de las costumbres de los fusilados. Aquello que hoy se estudia como un modelo de investigación aquí deja ver sus marcas iniciáticas, con la diferencia que lo que atribuimos a uno, debe leerse como una tarea de dos. Hay algo más para subrayar: el registro de las gestiones que tanto Enriqueta como Walsh hicieron ante editores de periódicos políticos, incitándolos a que ellos también se jugaran frente a la censura y la persecución. Y el modo de resolver situaciones inesperadas y descubrir  hechos que hasta pocos días antes no tenían idea que hubieran ocurrido. No faltan las recurrentes menciones a la fatiga para una tarea entusiasta, pero en apariencia infructuosa. 

Enriqueta Muñiz no tenía simpatías por el peronismo caído en desgracia tras el golpe del 55.  Walsh tampoco. De todos modos, ambos se conmueven frente al testimonio de las sobrevivientes y en la visita a la casa de las víctimas. Dice Rodolfo: “¡Y luego quieren que dejen de ser peronistas! ¡Si Perón les dio una casita con flores, y estos vienen a sacarlos de ella para llevarlos a un baldío y matarlos como perros, por la espalda!”. Enriqueta toma nota y se le hace un nudo en la garganta cuando escucha a Carlos Brión pedirles que, de confirmarse, el periódico haga pública la muerte de su hermano Mario, así su madre se convence. No hay sensiblería, sino más bien “un odio profundo por los culpables.  Carlos Brión y su patética historia me han conmovido casi más que los tres huerfanitos de Rodríguez” […] Es extraño como poco a poco los personajes de esta tragedia van apoderándose de mí. Al principio, sólo estaba Livraga, perfectamente dibujado, y se perfilaban en la lejanía Rodríguez y Giunta. Ahora las figuras quedan redondeadas definitivamente, y poco a poco empiezan a salir de esa masa amorfa de catorce nombres individuos y personalidades…”

Los cuadernos de Enriqueta fueron leídos por Rodolfo en algún momento. Quedan sus marcas y unos pocos agregados. Quizás un modo complementario, e invertido, de aquel “‘hicimos’, ‘fuimos’, ‘descubrimos’”. Años antes, Enriqueta asentó en sus cuadernos, y no pocas veces, el respeto por el trabajo del autor de Variaciones en rojo y el agradecimiento por el convite a participar de la investigación. Deja constancia, no obstante, que Operación masacre no le pertenece, y que es “un magnífico libro que retrata todo un aspecto del país en un momento dado”. Ese elogio se hará evanescente para los investigadores del futuro, como tenue será su presencia.  Enriqueta fue un secreto en vida y es ahora una revelación literaria, que la editorial (y algunos comentaristas) presenta con halo romántico. Su hermetismo sobre su participación en la investigación sobre “El caso Livraga o los Diez fusilados de José León Suárez” es algo excepcional. En su departamento de la calle Pasteur, en el barrio del Once, quedaron atesorados estos cuadernos entre sus papeles. Su vecino, el escritor Carlos Correas, había definido a esa calle como una “frontera entre las seccionales 5 y 7. Una seccional da seguridad a la vereda impar; la otra, a la vereda par; pero el Departamento de Policía no respeta esa frontera…” Tampoco Historia de una investigación respeta las fronteras que suelen trazarse entre la literatura y el buen periodismo. Afortunadamente.

Guillermo Korn
Buenos Aires, EdM, marzo 2020

*A propósito de Enriqueta Muñiz, Historia de una investigación. Buenos Aires, Planeta, 2019.