Trap ¿gaucho?, por María José Schamun

¿A qué llamamos trap?

A comienzos de la década del 2000, en el territorio de los Estados Unidos, el término trap (que, literalmente, significa “trampa”) designaba el lugar en el cual se realizaban transacciones comerciales de estupefacientes. Por asociación, también se designaba con la misma palabra la acción de vender drogas, a quienes vivían de estas actividades y el estado mental de paranoia y megalomanía en el cual vivían quienes eran parte de este mundo. La trampa era un lugar que definía todo lo que tocaba y si bien no imponía respeto (en el viejo sentido del término) sí marcaba límites de aproximación: sólo entraba quien pertenecía y sólo se podía pertenecer haciendo. ¿Qué hacían? La vida misma desde los bajos fondos de las ciudades, entre el callejeo y el tráfico, los sueños de grandeza y el deseo de ser deseados.

Hacia mediados de la misma década, este estilo de vida entra en contacto con el rap y, del mismo modo que lo había hecho con todo lo anterior, lo absorbe. Los raperos no se pierden en las orillas de lo aceptable, sino que la oscuridad de la trampa se cierne sobre las ciudades desatando un estilo metálico y enajenado. Los fanáticos del hip-hop, adormecidos por las letras de tinte meloso y las habilidosas exhibiciones de los bailarines para conquistar a su séquito, habían olvidado qué estaba roto en el break dance. Ya no son las mismas personas las que rapean que las que rapearon, quienes alguna vez habían comenzado el Hip-Hop, ahora hacían trap, y como todo aquello que proviene de las capas más bajas de la sociedad, el juicio sobre el morbo de las letras y lo desagradable del sonido, no se hizo esperar.

Los márgenes, las orillas y el bajo fondo

A pesar de las críticas despiadadas hacia la calidad del sonido y de la persecución de la policía hacia sus intérpretes, el trap no se detuvo. La ola expansiva todavía avanza a una velocidad vertiginosa porque reaviva una llama que la masificación del rap había casi extinguido: el grito de los marginados. Es este aspecto, y no tanto el juego novedoso de los sonidos, lo que atrajo a Latinoamérica y lo que terminó transformando a Argentina en un foco productor de estrellas internacionales (como Duki, Cazzu o Khea) nacidas de los bajos fondos de las ciudades. Desde la perspectiva de los intérpretes, es la coherencia entre su estilo de vida y su música lo que los define frente a una escena mundial donde el trap se ha vuelto moda y amenazó, por unos momentos, con disolverse siguiendo la misma lógica de edulcoración del rap. Ante todo, lo que el trap reivindica es un estilo de vida que se entrega, con una honestidad brutal, al deseo desenfrenado de los cuerpos, el dinero, las drogas, la prostitución, porque lo que está en juego, como no podía ser de otro modo, es quién tiene el poder. Las letras, lejos de la denuncia, ponen en primer plano las carencias de un sistema que oprime y cosifica, que empuja hacia la posesión (de todo aquello que permita ejercer poder sobre otros) como única forma de existir.

El otro no siempre es el que margina

“Loca”, Khea, Bad Bunny, Duki y Cazzu

Una de las características más sobresalientes de este estilo es la naturaleza dialógica de las piezas. Justamente, son las “batallas de gallos” las que detonaron la escena local del rap. Estas competencias entre freestylers que, en la actualidad, se llevan a cabo en plataformas digitales, comenzaron como enfrentamientos de plaza. Sí, al mejor estilo de las payadas: cara a cara, cuerpo a cuerpo, y que el mejor improvisador ganara. Acompañados por el scratching del DJ que marca el ritmo de las réplicas -como antaño el punteo de la guitarra marcara el suspenso del enfrentamiento gaucho- los raperos se balancean en el campo de batalla, desafiantes, como si al acercarse, sopesar, tambalearse, midieran las fuerzas reales del adversario, como si fueran los años 70 del siglo veinte en el Bronx y hubiera que hacerle frente a la mirada desdeñosa de los blancos o al jefe de la pandilla opuesta. Pero no, se trata de Parque Rivadavia o Parque Centenario en la Ciudad de Buenos Aires y quien los mira, lo hace de frente, impostando el desdén, aparentando la superioridad que espera obtener con la sagacidad de sus respuestas. Estos que se enfrentan no se desprecian, se valoran y, a veces, hasta se admiran.

Perrea, Duki x Frijo x We$t Dubai

La dinámica del diálogo no se detiene en las batallas de astucia, sino que suele volverse un contrapunto en los temas más populares que suenan de uno y otro lado del océano. La inclusión de las voces femeninas incorpora un lado del mundo que había sido cantado pero que, hasta ahora, nunca había cantado. En los tangos de las décadas del veinte y del treinta, aquellos que sucedían entre madamas y cuchilleros, quien cantaba era siempre el varón, incluso cuando la canción era interpretada por una mujer. La escena ahora cambia, la mujer habla y desea, ejerce el poder no sólo sobre el hombre sino sobre el discurso: no se trata de damiselas en aprietos, de pobres muchachas descarriadas o abandonadas, sino de mujeres que buscan el poder y el éxito, con los mismos instrumentos que los hombres, el dinero, el sexo y las drogas. Respecto de esto último es preciso aclarar que, si bien los elementos que permiten ejercer el poder son los mismos, no lo son los mecanismos para obtenerlos y, por eso, las voces femeninas, mantienen una diferencia complementaria que complejiza un discurso que, a primera vista, podría parecer superficial.

Este aglomerado de voces, no es otra cosa que uno de los rasgos más atractivos de este género: su naturaleza grupal. Desde los orígenes del Hip-Hop hasta el Trap de nuestros días, el grupo siempre ha sido la fuerza del cantor. Si bien es su vida y sus experiencias personales las que canta, son deseos y vivencias con las que muchos pueden identificarse y aquí sí, se distancia de manera radical de los géneros populares argentinos que son de manera casi unánime, individuales: el gaucho y el malevo son uno y cantan por sí mismos sus penas y sus desgracias. Aún más, cantan en soledad. Esta situación contrasta con los temas de rap o trap que se cantan en contrapunto entre dos personas o entre dos grupos, situación usual en la que cada miembro del grupo no sólo aporta al canto general, sino que suma su voz a una polifonía que no hace sino marcar de modo evidente, la complejidad social de este fenómeno. En el trap cada uno es una voz en el conjunto, una mirada del mundo desde un mismo lugar, pero con una perspectiva única que es, al final del día, lo que hará que triunfe el mejor improvisador.

María José Schamun

Buenos Aires, EdM, marzo 2020