A propósito de Fractura de Andrés Neuman, por Rodrigo López

Fractura de Andrés Neuman.
Alfaguara, 2018, 492 páginas.

“Dicen que navegar es preciso,
todo lo que preciso es llegar, pero no aprendí a esperar,
el mundo no sabe un pimiento de tránsito lento”
Andrés Calamaro, “Tránsito lento”

Literariamente, en Latinoamérica el siglo XXI se inaugura, podríamos decir, con la publicación en 2004 de 2666 de Roberto Bolaño. Su milenarismo findelmundista, la conciencia de aproximarse al punto cúlmine de una linealidad histórica concebida en términos teleológicos, no trae consigo una promesa de redención mesiánica. Al quiebre traumático del siglo XX, a la catástrofe de la Segunda Guerra, la suceden la violencia procaz del capitalismo global y la sensación de habitar un después de: Bolaño retrata el mundo como un escenario post-apocalíptico de presente absoluto, no-future y crisis permanente. Los críticos literarios de 2666, así como su enigmático y esquivo objeto de estudio, el soldado desertor de las huestes de Hitler y actual escritor Benno von Archimboldi, delinean un enredado itinerario mundial que recorre Francia, Alemania, Inglaterra, el Mediterráneo, Europa del Este, Estados Unidos, y acaba por converger en Santa Teresa —ficcionalización de Ciudad Juárez—, punto de fuga geográfico y metonímico núcleo traumático de la violencia post-apocalíptica: en el femicidio a gran escala del desierto mexicano “se esconde el secreto del mundo”.

Si el secreto del mundo, en 2666, actúa como traumático punto de confluencia de los desplazamientos territoriales de sus personajes, en Fractura, Andrés Neuman traza un mundo donde el trauma migra estampado en la piel de su protagonista. Yoshie Watanabe sobrevive a los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, cuando niño, y lleva las cicatrices de la explosión impregnadas en la espalda y los brazos, tanto como las cicatrices de la historia marcadas en la memoria: “De la ciudad, rememora Watanabe, quedaba el hueco. Su plano borrado. Hiroshima era una cicatriz del tamaño de Hiroshima”. Ya anciano, Watanabe vuelve a vivir en primera persona la experiencia del trauma, la repetición histórica de la tragedia: el terremoto de Tohoku de 2011, seguido del desastre nuclear de Fukushima, lo encuentra en el metro de Tokyo y reconfigura los recuerdos de una vida de errancia por Asia, Europa y América: “Un terremoto fractura el presente, quiebra la perspectiva, remueve las placas de la memoria”. Si el terremoto, asegura la NASA, pudo haber desplazado unos 15 centímetros el eje de rotación del planeta, Watanabe hace de sus propios desplazamientos territoriales un deslizamiento temporal a través de la historia del mundo, una articulación migrante de la conciencia global del desastre: “Los seísmos son parte de la historia. ¿O es la historia un pedazo de la ciencia sísmica? Watanabe se imagina un temblor subterráneo propagándose poco a poco, hasta sacudir el planeta entero”. Watanabe evoca el punto de partida de su vida globetrotter, se recuerda percibiendo la posguerra como “una alteración en la consistencia del mundo”, observando el renacimiento de Tokyo, una reconstrucción llevada a cabo sin dejar rastro de los bombardeos, desde el vagón de un tren. Mientras sus compatriotas simulan dormir, cierran los ojos a las ruinas del espacio y de la historia, él divisa un extranjero atento al paisaje: “Y no apartaba los ojos de aquella sucesión de edificios a medias. Él se adhirió a esa mirada, recuperó la suya por medio de ella. Intuyó qué deseaba hacer en el futuro: saber mirar así por la ventana”. Atravesar el espacio con el extrañamiento de una mirada extranjera, de esta manera, conforma el deseo migrante que signa el relato de su vida: “¿Acaso no están todos los países unidos por el agua, la memoria y el dinero?”.

¿Cómo diseñar literariamente el mundo? ¿Cómo hacer entrar el mundo en un libro? Watanabe cita a Chéjov como su autor de referencia, se identifica con los continuos traslados de su vida: “Sus historias parecen contadas desde esa indefinición, como si la costumbre de mirar en todas direcciones le hubiera permitido adoptar cualquier punto de vista”. Aún más, Watanabe encuentra afinidad entre sus inclinaciones, aparentemente contradictorias, por la literatura y la economía: la literatura traza su propio mapa de migraciones e intercambios por sobre el escenario geopolítico y económico del mundo globalizado: “Que existían muchas similitudes entre el sistema de una lengua y el sistema productivo de un país. Que ambos tenían sus ciclos de florecimiento y decadencia. Atesoraban un patrimonio. Gestionaban mejor o peor su riqueza. Y negociaban con los valores extranjeros”. Los desplazamientos mundiales de Watanabe reflejan aquellos del capital transnacional. Como empleado de una corporación tecnológica japonesa, parte de Tokyo a Francia y a Estados Unidos, después, al ritmo del desarrollo industrial y la expansión multinacional del “milagro japonés” de posguerra. Más tarde, “superada la recesión por la crisis del petróleo, y convenientemente sentadas las bases para el giro neoliberal”, llega a Argentina “aprovechando las facilidades brindadas por los gobiernos militares de la región, que habían decidido suprimir cualquier obstáculo estatal a través de aranceles superreducidos y excelentes tipos cambiarios”. De Argentina, catástrofe inflacionaria mediante, la compañía reorienta sus horizontes comerciales hacia la recién inaugurada Comunidad Económica Europa. Watanabe lleva el extrañamiento de su mirada migrante, así, a una España provista de “abundantes fondos que potenciaban las inversiones”. Fractura halla en su protagonista el itinerario espacio-temporal de los hitos fundamentales del siglo XX: entre dos desastres nucleares en Japón, atraviesa la posguerra francesa, la guerra fría estadounidense, la dictadura argentina y el sueño trunco de una Unión Europa marcada por la experiencia del terror fundamentalista de comienzos de siglo.

Watanabe se constituye de acuerdo al motivo del hombre sin atributos: el punto de vista extranjero no solo caracteriza el trazo con que este delinea el mundo, sino además la caleidoscópica yuxtaposición de perspectivas con que el relato lo retrata a él mismo. En paralelo al recuento de sus sucesivas migraciones, se incorporan monólogos rememorativos donde mujeres de cada país evocan sus lazos amorosos con Watanabe. De este modo, se entabla un juego de espejos donde cada una ve los conflictos socio-culturales de su propia nación reflejada en la mirada extranjerizante del protagonista: “Él opinaba que eso que llamamos cultura es invisible en nuestro hábitat. Y que sólo lo ves cuando alguien te observa desde afuera”. Para Watanabe, “todas las cosas rotas tienen algo en común. Una grieta las une a su pasado”. Fractura hace de los traumas históricos las grietas en común de la globalización, trazando el mundo según el modelo artesanal del arte japonés del kintsugi: “los artesanos del kintsugi insertan polvo de oro en cada grieta, subrayando la parte por donde se quebró. Las fracturas y su reparación quedan expuestas en vez de ocultas, y pasan a ocupar un lugar central en la historia del objeto”. Un mundo fracturado, que encuentra en sus mismas fracturas la cifra de una paradójica y heterogénea cohesión. En Francia, el silencio de los sobrevivientes japoneses como Watanabe, reticentes al momento de denunciar los estragos de las bombas nucleares, provoca el cuestionamiento del propio olvido histórico: “nosotros también teníamos nuestros problemas de memoria. Nuestro propio silencio de posguerra. Salvando las distancias, me recordaba la incomodidad que a muchos les causaba hablar de nuestra colaboración con los nazis”. En Estados Unidos, el recuerdo de la guerra fría tiñe la más estricta contemporaneidad: “hay cosas imposibles en este país. Él jamás ganaría, lo sé. Jamás elegiríamos un muro como símbolo de esta tierra de inmigrantes. Ni a un tipo que cree que el cambio climático es un cuento chino, que trabaja para lobbies energéticos […] y que espera tener acceso al botón nuclear”. En Argentina, el trauma generacional de los huérfanos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, corporizado en las cicatrices de Watanabe, suscita la auto-interrogación de una exiliada setentista: “Los que sobrevivimos sin grandes daños y, aparentemente, pudimos retomar nuestras vidas. Eso también puede ser doloroso. Nunca termino de evaluar muy bien qué significó no haberme muerto, no haber sido torturada”.

Exponer las fracturas comunes del mundo, más que homogeneizarlas en una representación unitaria del mismo, apunta a demarcar, en términos lacanianos, las irrupciones históricas de un real traumático que desbarata toda lógica representacional. Watanabe ve, en las reacciones al desastre nuclear de Fukushima, “la segunda vez que el país entero duda del país, de su relato acerca de sí mismo”. En las actitudes de sus conciudadanos, reconoce la disyuntiva política que hace del miedo una cuestión de Estado: “¿Confías o temes? ¿Patriota o no? Por lo que observa en sus conversaciones, algo parece roto en el frágil cordón que une al pueblo con sus presuntos representantes”. Sin unidad posible, tanto en el marco del mapa mundial como al interior de cada estado-nación, la experiencia singular de cada sobreviviente, de cada uno de los ciudadanos globales, en definitiva, desplaza los relatos trascendentales de la política representativa y cobra relevancia en tanto campo inmanente de hábitos y afectos. Las experiencias colectivas se viven en el tono intimista de los devenires singulares; tras vivenciar el trauma de la historia, el arte del kintsugi interroga los modos de recomponer un objeto, una comunidad y una relación afectiva. Lorrie, la amante estadounidense de Watanabe, halla “la belleza de la supervivencia” en su cicatriz resultado de una operación de mastitis, “un hueco lleno de sentido” que traduce “la memoria sensible” de su cuerpo: el encuentro con las cicatrices nucleares de Watanabe da lugar a un contacto corporal que deviene lazo de reverberaciones afectivas: “me mostró sus cicatrices. Un fino entramado en sus antebrazos y su espalda. Como un ramaje interno. Luego él vio las mías. Las tocó. Las besó. Las bendijo. Nos sentimos livianos, un poco feos y muy bellos. Dos supervivientes”.

El caleidoscopio de migraciones y confesiones que diseña Fractura acaba por confluir en la figura de un periodista argentino, Jorge Pinedo, aplicado en reunir los fragmentos de la vida de Watanabe para un reportaje sobre “la memoria general de las hecatombes, sobre el modo en que los países olvidan el daño padecido o causado. Y con la manera en que los genocidios acaban pareciéndose, plagiándose unos a otros, acá y en las antípodas”. Sin embargo, el mundo no cabe en un artículo; Hiroshima, Nagasaki, Fukushima, Chernóbil y Three Mile Island extienden su foco al mismo ritmo que investiga, y el horizonte se aleja a mayor velocidad que sus notas: “cuanto más escribe, más le falta”. Cual cartógrafo borgeano de “Del rigor en la ciencia”, Pinedo descubre la futilidad de toda representación lingüística del mundo con pretensiones de referencialidad: “Por cada pequeño detalle que averigua, tiende a fabular el resto. ¿Será esa la ecuación de las ficciones? ¿Multiplicar lo real por el trabajo de la imaginación?”. 

En esta Argentina modelo 2018, en tiempos de inoportunos foros internacionales, de primeros ministros y presidentes que cifran sus aspiraciones de conciliación comercial mundial en la simbólica publicación de un documento oficial, de representantes políticos aislados en el escenario de una Buenos Aires militarmente sitiada, mientras la pompa mediática a escala global revela su lado-B en los refugiados que cruzan, con suerte, el Mediterráneo hacia una tierra prometida no dispuesta a recibirlos, en caravanas de desplazados cuyo destino se prefigura como choque frontal contra un muro de exclusión, Fractura nos recuerda que el mundo no cabe en las palabras, que la literatura, si acaso aspira a poner en entredicho la doxa discursiva de una globalización perversa, debe hacer de la vivencia liminar del entre-lugar, de la experiencia migrante de hombres sin atributos como Watanabe, la apuesta ético-política por los lazos afectivos de una inmanencia cualsea. Tras retornar a Japón en su vejez, Watanabe se pregunta por qué, en su lengua nativa, la palabra gaijin —persona exterior— venció en el habla cotidiana a gaikokujin —persona de un país extranjero. Frente a una gaijin que organiza la realidad conforme al binarismo de un adentro y un afuera, gaikokujin no condenaría al migrante a la imposibilidad de integrarse a la tierra adoptiva. ¿En qué lugar quedarían, entonces, quienes ocupan ambos espacios y ninguno? ¿Cómo llamar a una isla dentro de una isla?:

Los hombres indefinidos quedan expulsados de la épica. Su única batalla es la tensión. La imposibilidad de reposar en un punto y confiar en las propias coordenadas. Quizá los dubitativos, se dice Watanabe, seamos menos útiles para el Estado. Las certezas mayúsculas suelen conducir a algún género de destrucción. ¿Y si su conducta itinerante fuese una especie de antídoto? ¿Una artimaña para que, en caso de catástrofe, alguna de sus vidas sobreviva?

Rodrigo López
Buenos Aires, EdM, marzo 2020