Sobre bárbaros y alienígenas, por Alcides Rodríguez

Los estallidos sociales que se suceden en distintos países del mundo generan una amplia variedad de registros entre los sectores que conforman una sociedad. El caso chileno ofrece un ejemplo novedoso.

En los años sesenta aparecieron unas figuritas de marcianos verdes y cabezas con cerebros enormes que llegaban a la Tierra. Los niños corrían a los kioscos para encontrar a estos invasores llevando a cabo una implacable orgía de destrucción. Nada se salvaba: animales prendidos fuego, soldados calcinados, ciudades destruidas… un vendaval de violencia para conquistar el planeta y terminar con la vida de sus habitantes. Treinta años más tarde Tim Burton se inspiró en estas figuritas para filmar Mars Attack. Una vez más los marcianos llegaban para destruirlo todo. A diferencia del silencio que guardaban en las figuritas ahora se los escuchaba: hablaban una lengua incomprensible, un ack ack ack similar al bar bar bar de los antiguos bárbaros.

Incivilizados, cobardes, crueles, traicioneros, sin autocontrol… Así definían los griegos a los bárbaros. Vivían en los límites, la distancia necesaria para construir un nosotros civilizado. Alejandro Magno tuvo la idea de fundar ciudades en las que griegos y bárbaros convivieran en un marco de igualdad completa. No tuvo éxito, desde luego: de igualar bárbaros y civilizados se corría el riesgo de eliminar la diferencia. En la Argentina del siglo XIX los indígenas de las pampas también definían los límites de la civilización. Como en la antigüedad esto no impedía que las relaciones entre ambos mundos fueran fluidas. Hubo indígenas que participaron en los conflictos interprovinciales de la época, y también era frecuente verlos comerciar en la ciudad de Buenos Aires. Si bien la violencia nunca estaba ausente en estos contactos, ambas partes eran capaces de mantener un patrón de relación relativamente estable. En 1879 la llamada “Campaña del Desierto” de Julio Roca terminó con este estado de cosas. El Estado argentino conquistó la Patagonia y llevó a cabo el genocidio de sus habitantes. El hombre civilizado se quedó en la Argentina sin su par antinómico.

Claro que no por mucho tiempo. Los grandes movimientos de población de los años treinta y cincuenta del siglo XX resucitaron al bárbaro. Miles de migrantes, provenientes en su mayoría de las provincias del norte, se instalaron en los principales centros urbanos del país y sobre todo en el conurbano bonaerense. Sin saberlo pasaron a ocupar el lugar de los desaparecidos indígenas y restauraron el par. Se los bautizó con otros nombres: “cabecitas negras”, “descamisados”, “negros de mierda” y, más cerca del presente, “planeros” y “vagos que viven de mis impuestos”. También se les traspasaron vicios tradicionalmente atribuidos a los indígenas: vagancia, borrachera, gusto excesivo por las fiestas, violencia. Con ellos también aparecieron nuevos territorios bárbaros: de las tolderías indígenas se pasó a las “villas miseria” y a barrios como Fuerte Apache. Claro que muchos vivían mezclados con el resto de la población. ¿Cómo reconocerlos para mantener la distancia? Micky Vainilla, el personaje de Diego Capusotto que desde el humor señala los lugares comunes de la discriminación y la xenofobia, ofrece un GPSS para manejarse por las calles: cada vez que el sistema detecta un “negro” o un grupo de “jóvenes de un país limítrofe” recomienda al conductor girar en la próxima esquina. A la derecha siempre, por supuesto.

Con todas sus idas y vueltas, el peronismo fue y sigue siendo una de las fuerzas políticas que más hizo para construir en el país las ciudades que imaginó Alejandro Magno. Probablemente ésta sea una de las razones que explican el odio apasionado que una parte de la población le profesa. Como en el fracasado proyecto alejandrino, igualar al “negro de mierda” con la “gente bien” pone en peligro al nosotros civilizado. Y la distancia no debe tocarse. Cuando hace unos meses se inició en Chile la masiva movilización popular que aún sacude al país se difundieron en la prensa dichos algo sorprendentes de la esposa del presidente Piñera. “Estamos absolutamente sobrepasados – le decía a una amiga – es como una invasión extranjera, alienígena, no sé cómo se dice, y no tenemos las herramientas para combatirla”. No se trataba de una invasión de “rotos”, el mote despectivo que en Chile aún se utiliza para designar a la gente pobre. Quizá influenciada en imágenes del tipo de las de Mars Attack, la mente de la asustada señora convirtió a los manifestantes en alienígenas dispuestos a destruir Santiago. Sus palabras son un indicador de la enorme distancia, sideral podría decirse, que un sector social privilegiado puede llegar a establecer para construir la diferencia. No son ni siquiera humanos. ¿Qué hacer cuando los alienígenas están en la puerta de casa? En Mars Attack los marcianos eran aniquilados cuando se los obligaba a escuchar una melodía insufrible que les hacía estallar la cabeza. En el caso chileno la señora de Piñera admitió que en realidad sí existen herramientas para hacer que los alienígenas vuelvan a sus platos voladores y abandonen Chile. Fue cuando le dijo a su amiga que “vamos a tener que disminuir nuestros privilegios y compartir con los demás”. Hay que reconocerle algo a la señora: en medio de los rayos mortales que asolan su ciudadela logró, seguramente a su pesar, un registro que su esposo al parecer no tiene.

Alcides Rodríguez
Buenos Aires, EdM, marzo 2020