El hombre sandwich, por Miguel Vitagliano

El hombre camina por una calle del centro de Roma, lleva un cartel colgado en el pecho con la misma inscripción que repite otro cartel en su espalda: “Italiano, 65 años, sin casa ni ingresos ni trabajo. Disponible para cualquier trabajo. Dispuesto a ceder un riñón por trabajo.” Algunos lo miran al pasar más o menos de reojo.

Hoy día, tener 65 años o más es pertenecer a una franja etaria que representa el 9% de la población mundial. Según la ONU, en los últimos seis años esa franja etaria ha superado en número a los niños menores de 5 años que habitan en el mundo. Calculan que para 2050, en Europa y América del Norte una de cada cuatro personas será mayor de 65 años. En Italia representan ya el 21, 37 % de la población y, según Confindustria, tienen un consumo promedio anual mayor que la franja de jóvenes menores de 35 años (ANSA, 5/11/2020). En Argentina, una de cada diez personas es mayor de 65 años, y la relación con la franja de los más jóvenes corta el aliento:  el 52 % de los menores de 14 años son considerados pobres, un rango que solo ocupa el 9 % de los mayores (Infobae, 30/9/19). 

Los números difieren, pero la desesperación es la misma. Vivimos en un mundo en el que los adelantos científicos y tecnológicos pueden prolongar la vida como nunca antes, aun convirtiendo a las personas en trastos de hueso y piel, rara especie de zombies que habitan los morideros.  En el cinismo del presente la dimensión de lo humano está hecha a la medida de la ciencia ficción. “¿Qué debería hacer una sociedad para que en su vejez un hombre siga siendo un hombre?”, se preguntaba Simone de Beauvoir en La vejez, y se respondía: “Sería necesario que siempre hubiese sido tratado como un hombre. En el XIX las clases dominantes asimilaban humanidad. Pero solo mientras es productivo. De los trabajadores viejos la sociedad se aparta como de una especie extraña.”  

Simone de Beauvoir publicó ese ensayo de 700 páginas hace 50 años, en 1970, cuando tenía 62 años. Fue su último ensayo.

El hombre de la foto quiere ser visto. ¿Habría que destacar que en su cartel hay un par de palabras que están escritas en rojo?

Al ver al hombre de la foto algunos piensan en una de las primeras escenas de The Joker, la película que concentraba las atenciones del público mientras ese hombre caminaba por el centro de Roma días antes de la última Navidad. Otros piensan en la legendaria foto de Robert Capa publicada en Life después de la Liberación de París, la de la colaboracionista rapada que camina con su bebé en brazos y un hombre mayor, seguro su padre, que la acompaña unos pasos adelante. La mujer camina en medio de un festín de insultos. Todos quieren mirarla para disfrutar su vergüenza. Todos la miran y nadie se ve.

Miguel Vitagliano
Buenos Aires, EdM, marzo 2020