Cuento del tío neoliberal, por Pablo Luzuriaga

Viajamos a Santiago de Chile desde Buenos Aires para pasar navidad con mi suegra y su familia. Un tío político de mi compañera dice que es neoliberal, de la escuela de los “Chicago Boys”. En un momento quedamos solos, el “Ingeniero Comercial” y el profesor de literatura, sentados a la mesa del Avi (así le dicen al abuelo, chilenos catalanes); era un horario vacío, entre almuerzo y merienda. Sobre la familia regía una severa prohibición, no estaba permitido bajo ningún aspecto hablar de política. Los parientes de mi pareja son muy unidos, los primos pasaron muchos veranos juntos en la infancia. En Chile, la grieta parece generacional. Las tías y sus maridos están del lado de Piñeira, los primos, entre veinticinco y cuarenta años, sienten que han estado dormidos de por vida. 

El tío neoliberal de mi compañera es entrador, inteligente. Durante la “Chile dormida”, ocupó cargos gerenciales en compañías internacionales, responsable regional; según dijo, siempre atento a la política y las economías latinoamericanas. Sentados a la mesa, ni uno ni otro estaba dispuesto a aceptar la prohibición; ambos sabíamos qué pensaba el otro, en caso de hablar no sería para convertirnos. A un convencido neoliberal y a un hombre que le gusta hablar de política, ya no tan joven, que se autopercibe al otro lado del arco ideológico, las prohibiciones familiares no nos gustan. 

El abuelo de mi compañera toda la vida fue un pinochetista convencido. En muchos aspectos, un personaje entrañable, biólogo reconocido, poeta, pintor, padre de muchas hijas, las tías buenas. De haber optado por las filas de la izquierda le cabría el mote de verdadero “humanista”, siendo que más bien camina a la derecha es un “humanista” contradictorio, como la mayoría. En aspectos no es entrañable pensé, cuando vi la foto de Pinochet en su estudio. Pegada a la biblioteca de un científico, montañista, jinete y devoto de la religión católica. Con el tío comenzamos hablando de Allende. Se apuró, señaló que el presidente derrocado, en poco tiempo, había destruido la economía del país. También subrayó que Allende no había llegado al poder con una mayoría aplastante sino apenas con un 36,6 por ciento de los votos. El problema, según dijo, había sido el “dogma” marxista, quisieron imponer una receta que no funcionó y la crisis impuso el golpe. Para el tío neoliberal, Pinochet salvó a los chilenos del marxismo, un modelo derrotado en el mundo. Los pinochetistas consideran que en 1973 su líder dio el primer batacazo a un muro que caería por completo en 1989. Al menos hasta octubre de 2019, asociaban el progreso chileno con el éxito del capitalismo en el mundo. La única verdad es la realidad. 

Dejé que hablarla, sabía cuánto gustaba encarnar verbo, lo tenía visto de escenas familiares; preparé una lista mental de los temas que por asociación libre lo llevaron de Allende a las políticas neoliberales, del cobre a la economía diversificada, de la corrupción a la política de los hechos, su estrategia era simple: tratar muchos temas, dejar constancia de innumerables certezas, abrumar a su interlocutor. Como a mí no me importaba convencerlo ni señalar sus errores, sino conocer qué cosas piensa alguien que se autodefine “neoliberal”, en determinado momento sintió que se le había salido la cadena, dijera lo que dijera, su posición estaba expuesta a un francotirador cuya posición no lograba ubicar; seguía hablando, pero ahora me buscaba con la mirada, y cierta preocupación. Por fin, se llamó a silencio, a regañadientes, sin alternativa. Opté por un tiro performativo. Le dije que todo me parecía interesante, sin embargo creía mejor que me dejara, cada tanto, “meter bocado”, y me llamé a silencio. Sonrió algo inquieto, avergonzado, y cerró la boca. Entonces, hice una pregunta, que siguiera hablando: ¿cómo explicas tú el fenómeno de “Chile despierta”?

Respondió con datos. En 1990 había en Chile casi un 40 por ciento de pobreza. Hoy hay menos del 9 por ciento. Según él, se quejan por la desigualdad los beneficiarios del modelo chileno neoliberal; beneficiarios del progreso económico que vivió Chile en democracia. El tío neoliberal piensa que la dictadura de Pinochet fue la partera de un progreso que él reivindica. Acepta que se trató de un corte en el orden institucional, prefiere los gobiernos democráticos, sin embargo cree que la dictadura fue un “hecho” necesario. Mi victoria –modesta– en la batalla no fue que el tío cambiara de opinión, sino dejarlo decir algo que luego sorprendió a varios cuando lo comenté: Ricardo Lagos, a quien conoció en persona, es el político que más respeta. Porque el tío neoliberal reivindica las gestiones económicas de Aylwin, Frei y Lagos. Incluso ve con buenos ojos la alternancia entre Bachelet y Piñeira. El cuento del tío pinta orgulloso al pueblo chileno y sus instituciones. Entre los datos económicos, intercala referencias a acuerdos y supuesta normativa común. El tío no defiende a Donald Trump ni a Jair Bolsonaro, le parecen demasiado extremos, él prefiere un poco más al centro, y hace el gesto con la mano, como si hablase de fútbol, y llevara la pelota hacia adentro, pegada al borde externo del dedo meñique. 

No hablamos de Uruguay ni de Bolivia. No hablamos de la alternancia entre Mujica, Tabaré y Lacalle Pou. Quisimos atemperar el intercambio, crispado en algunos pasajes cuando comentamos sobre dictaduras. Hablamos de Argentina. Le pregunté por qué creía que su modelo, el de los neoliberales, había fracasado con Mauricio Macri. Dijo que la razón era el “gradualismo” de las políticas económicas. De haber ido más rápido y más fuerte, no habría tenido problema, el gobierno habría sido exitoso, como los “Chicago Boys”. Por mi parte defendí los mandatos de Alfonsín, Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Le dije que la dictadura y los gobiernos de Carlos Menem, la Alianza y Macri habían destruido al país con políticas neoliberales. También le hablé de Alberto Fernández, señalé las referencias sobre Alfonsín al principio y al final de su discurso cuando asumió. Pareció interesado, escuchó atento. Pero no hablé más. Quería concentrar los disparos. Bajando un poco el volumen, pregunté si podía ser provocativo. Preveía el efecto que esa palabra tendría en él. Sonrió como si estuviese hablando con un colega del club. Aceptaba el desafío de un modo encantador. 

Pregunté si lo de “Chile despierta” él lo esperaba o si acaso lo había sorprendido. Intentó argumentar otra vez en base a los datos de pobreza, pero le pedí que descanse; le hice entender que esperaba una respuesta directa, quería continuar hablando yo. Aceptó, dijo que no lo esperaban, ni él ni nadie. Fui a los hechos, a su propia “filosofía”. Le dije que en Argentina, el gobierno de Mauricio Macri no había podido llevar adelante otra política que no fuera el “gradualismo” porque la sociedad argentina no parecía en condiciones de recibir un tratamiento distinto. Sugerí, de un modo un poco elusivo, no sé si lo entendió, que las políticas neoliberales en Argentina eran resistidas por un núcleo duro de la población; que primero se instalaron mediante la aplicación de un sistema represivo, y luego tuvieron éxito durante el gobierno de Carlos Menem, pero que desde 2001, a pesar de la victoria de Cambiemos en 2015, tienen en el camino a una masa relativamente compacta contra la que esas políticas no pueden avanzar sin que haya resistencia. Gente dispuesta a salir a la calle para defender los derechos que esas políticas vulneran, mucha, muchísima gente a favor de la igualdad. 

Cientos de miles que en efecto salieron a la calle durante los cuatro años de gobierno neoliberal. Mauricio Macri y su gobierno fueron resistidos en Argentina. La “tierra arrasada” que señala el gobernador de la provincia de Buenos Aires y subraya en su película el actual ministro de cultura sólo puede ser considerada desde el punto de vista de los “hombres de Estado”. No hay ninguna “tierra arrasada”. En Argentina sucede lo mismo que se expresa en Chile. Pueblos despiertos del cuento del tío neoliberal. Y, en especial, mujeres despiertas. En una “tierra arrasada” no hay cientos de miles de personas vivando a un presidente electo.  

Le dije al tío que sus datos estaban bien, que en el caso argentino el momento de mayor enfrentamiento de la sociedad contra la injusticia social y la desigualdad coincidía con uno de sus mejores períodos económicos a fines de la década de 1960 y principios de 1970. A pesar de los presos opositores vinculados a la protesta social y ex funcionarios, durante el escarmiento macrista, la manipulación judicial y los ataques a la organización popular, el gobierno de Cambiemos no pudo imponer un modelo neoliberal exitoso, se han ido fracasados, han hecho más ricos a los ricos pero en términos políticos perdieron porque fueron resistidos. Además, hubo una opción política en las urnas.

La utopía neoliberal de un país que funciona al ritmo de los Estados Unidos y Canadá, en el que se puede viajar, comprar y hacer negocios sustentables, el sueño liberal del libre mercado y el dejar hacer, un país cada vez más desarrollado que vaya incluyendo a otros, ha concluido. Los que recibieron el bienestar económico en Chile se levantan contra el gobierno de Piñeira; el tío no llega entender el problema. El sueño liberal funciona en los Country Club, los Cruceros, las canchas de golf, dos veces al tenis por semana, si es posible. Los rotos siempre van a ser rotos. Si mejoran, piden entrar y no hay lugar. Abrir espacio significa perder privilegios. Ir contra el principio fundamental de la acumulación del capital y la propiedad privada. Los dueños piensan que ellos son los motores de la economía. Su dinero mueve las cosas. 

Desde su lugar en la mesa, a la espera del “viejo pascuero” que llegaría con los regalos a medianoche, lo vi aceptar la provocación como un reto logrado. Eligió unos pocos de los muchos pasos que había avanzado al principiar la batalla, y retrocedió algunos; me miró con respeto. A pesar de la enorme distancia, salvada por el lazo familiar, el buen trato y el afecto, estábamos más cerca que antes. 

La vieja figura de la dependencia económica mundial dejó al tío sin palabras, entre satisfecho y triste. Le sienta bien porque es verdad que en Chile fueron el hijo preferido de Estados Unidos y el punto le provoca un cierto orgullo; los “Chicago Boys”. Sin embargo, también lo hacía entender que el “despertar chileno” lo despertaba a él también de su utopía neoliberal. En octubre pasado despertó la generación de los primos ante la desigualdad; también la de los tíos y las tías ante su condición de país dependiente e injusto. Su economía está más diversificada que antes, ya no dependen exclusivamente del cobre, aunque siga siendo grande el pedazo que ocupa en la torta, porque hicieron lo que Estados Unidos quiso con ellos, desde 1973 hasta octubre de 2019. Asumieron con entusiasmo el modelo neoliberal norteamericano para los países dependientes. Un modo de vida que en el Cono Sur no alcanza para todos, no para las grandes mayorías como en los países centrales. También, aunque no lo tratamos con el tío porque me pareció mejor no saber qué pensaba al respecto, me pareció notar durante esos días en Chile, un impacto todavía no medido sobre la condición de los pueblos originarios y la nación chilena. 

Junto a los primos pasamos una de las noches en la cabaña de la cordillera. Todo el día junto a un chivo al asador. La generación de los primos vivimos un ambiente fraternal sudamericano, todos contra el neoliberalismo en la región. Chilenos y chilenas entre veinte y cuarenta años que han despertado de un sueño aletargado. Movidos por una enorme fuerza que los deja aún sin saber qué decir. En un punto, preferían acatar la prohibición que impedía hablar de política, no querían pelear en navidad. No se puede escuchar la defensa de algo que ahora es tan evidente e injusto. Entre los primos, todos de acuerdo con terminar con la desigualdad, casi no circulaban palabras para referir a su condición después de octubre. Se los notaba cansados. Los significantes sin anclar. Las respuestas en todos los casos fueron más bien emocionales, corporales, gestuales. No saben qué va a pasar. Parecen movidos por un proceso constituyente que remueve la desigualdad y muestra una salida en el texto de la constitución nacional. Pero que nada alcanza a reparar el daño; pues… el sueño de la isla neoliberal terminó. El rey está desnudo, repiten. El rey está desnudo, y lo miran absortos.

¿Y ahora? El final precipitado del gobierno de Evo Morales con un golpe de Estado otra vez impulsado por los Estados Unidos, acaba el sueño de las islas neoliberales en las que todavía se puede hablar en la mesa familiar. Propone un conflicto de otras características que incorpora reivindicaciones abiertamente fascistas y religiosas. Pero responde al mismo principio que el despertar en Chile. Si a los pobres y a los indios les va bien, los ricos pierden privilegios. A Bolivia le había ido muy bien. En pocos meses cambió el tablero político en la región. Volvió Cristina Fernández. Gobierna la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof. Piñeira parece un muerto político. Lula “ha sido” liberado. En Uruguay, ganó Lacalle Pou. Por otro lado, el sueño chileno de la isla neoliberal tiene también componentes étnicos. El pueblo mapuche levantó su bandera contra la desigualdad. Los pueblos originarios de América Latina tienen un papel protagónico en el mediano plazo. Evo Morales no ha terminado. El último trimestre de la década fue vertiginoso.

Con el tío pasamos por arriba de las grietas. Puentes entre personas que saben que no van a convencerse una a la otra en una charla. A las que les gusta discutir sobre política. El tío es encantador. Fomenta ideas que no comparto. Él piensa lo mismo de mí. Al despedirnos resaltó que yo era inteligente. Él se autopercibe así y mantuvimos una charla valiosa. La “grieta” entre la derecha y la izquierda de países distintos no motiva necesarios gritos y chicanas. A no ser que el diálogo se pierda en terreno pantanoso, alguien reivindique directamente la tortura y la desaparición de personas o prefiera a los gobiernos militares antes que vivir en democracia. Buena parte de los que votaron a Macri o a Lacalle Pou quiere vivir en democracia y en una sociedad que sea cada vez más justa. Los “Ernestos Sanz” de Mauricio Macri, los uruguayos “de bien” que cambian su voto, en Argentina: todo menos el peronismo aunque incluya a Pichetto y a Patricia Bullrich, pero eso sí, en democracia (el oxímoron de los demócratas fascistas). Ahí está el alfonsinismo. Se puede hablar. Escuchar, entender qué es lo que piensan, tener herramientas al momento de discutir. La ex canciller de Mauricio Macri dijo que lo de Evo Morales fue un golpe de Estado. Con las personas que no lo reconocen no es fácil hablar. Pero hay que explicarlo. Y asumir que el discurso de los derechos humanos necesita que todos tomemos la posta y lo amplifiquemos. 

Lo familiar es político. Como el cuento del tío político. 

En Uruguay y en Argentina la grieta se ha tramitado en las urnas. Las urnas en el proceso constituyente chileno no se ven claras. Tampoco en Bolivia. Los neoliberales en América Latina están dispuestos a restringir derechos de las grandes mayorías a costa de salvarse a sí mismos. De eso se trata su ideología liberal individualista a favor del capitalismo mundial. El cuento del tío neoliberal chileno dice que es la única que hay. Is de only way, dice en inglés. Después de varios meses, todavía levantan barricadas en las principales ciudades de su país. 

Pablo Luzuriaga
Buenos Aires, EdM, febrero 2020