Chile: Las calles, nuevamente, por Liria Evangelista

La autora de las novelas La buena educación (Borde Perdido Editora, 2017) y Sangra en mí (Modesto Rimba, 2018), ese encuentro de finales y principios entre una hija y su madre, cuenta en esta crónica su visita a Santiago en la que cada paso, dice, se impone como un Aleph enloquecido. Ella sabe, como ha dicho en otra parte, que el lenguaje es su casa embrujada, y se llama cuerpo.

Diciembre. 2019. Yo había querido un par de días en Santiago –mi primer encuentro con ese Chile imaginario de adolescencia nerudiana y espanto dictatorial-. Yo quería, así de refilón, ser parte de su historia. Quería escuchar a su gente, visitar ruinas de los campos de prisioneros, ir al Museo Nacional de la Memoria. Quería, por qué no, caminar con esos otros “las grandes alamedas” por donde estaría, quizás, pasando el hombre libre que había anunciado Salvador Allende antes de morir.

Dudé antes de ir. El ruido de Chile venía ensordeciendo este lado del sur. ¿Cómo negarme a último momento a un viaje que había planeado hacía meses? Tenía miedo, pero hace años que escribo y enseño sobre procesos de memoria en la post dictadura argentina, sobre las retóricas del exterminio en esta tierra mía. Escribo de todos los modos posibles la memoria. Siempre quise -a la manera del arqueólogo del que habla Benjamin- encontrar esos objetos en los que, como en un Aleph enloquecido, se contemplan los brillos opacos del tiempo, del barro y de la sangre, de las palabras alguna vez dichas y después olvidadas. Las que vuelven -porque vuelven- hechas fantasma, convertidas en la pesadilla de la historia. 

Me habían prevenido: “no vayas a Plaza Italia”. No fui a Plaza Italia, pero caminé y caminé kilómetros por el centro de Santiago, los ojos no me alcanzaban para ver. Toda la ciudad, desde el aeropuerto, era un inmenso libro en el que se estaba escribiendo la rabia de décadas. Desde el balcón del departamento en el que me alojé se veían otros balcones: “Renuncia Piñera”, “Paco violador”. En alguna casa sonaba punk del puro y duro: “romperemos los esquemas de esta puta sociedad”. Bienvenida a Chile. A este Chile donde el milagro se hizo trizas. Una pared diría “el neoliberalismo nace y muere en Chile”. El chofer que me traía desde el aeropuerto había sido claro: “esto no se acaba. Es lo único que tenemos. Esto no se acaba porque no somos mierda”. Choferes y porteros, la gente por aquí: no somos mierda. No es político esto (los políticos son basura, todos comen de esta teta, me dicen): es nuestra lucha y ya. Es dignidad. No somos mierda. No somos mierda. Cerca, miles de mujeres gritan “el violador eres tú”. Por las violadas, por las torturadas. Sí, algo ensordecía. “No era paz, era silencio”, dice un cartel enorme en una esquina. Una amiga alemana me presenta a Felipe, un kinesiólogo jovencísimo que trabaja con las víctimas de la represión. Investiga sobre la tortura y el dolor. Los de antes, los de ahora. ¿Hay un antes, hay un ahora? Felipe, que socorre a víctimas de las balas, los golpes y la tortura de estos días, sostiene que las prácticas profesionales e institucionales deben estar inscriptas en el horizonte de los derechos humanos. —así me lo dice—Habla de ética y de memoria. Me muestra un inmenso graffiti: “hasta que valga la pena vivir”.  

La catástrofe del 73 es Chile, presente y sobre todo pasado. Mis doce años, el confuso alborozo del 73 argentino. Es mi primera menstruación y sería mi primera experiencia en la calle, el Viva Chile Carajo cantado de la mano emocionada y rabiosa de mis padres comunistas. En mi memoria es mi letra aniñada en mi Querido Diario (“Hoy hubo un golpe de estado en Chile”). Es el crujido de Radio Magallanes, la voz de Salvador de Allende que llega, resquebrajada, a la cocina de mi casa, en la radio de onda corta. Que también susurraba por las noches “Radio Habana, Cuba. Primer territorio libre de América”. La campanita de Radio Moscú. Es mi padre y su copa de ginebra. Después fueron los años de sangre y fuego, la emoción adolescente en los discos de Quilapayún, la promesa casi vana de que el pueblo unido jamás será vencido. Chile fue ese todo, y todas esas nadas. Lo incomprensible.  Su transición democrática tan diferente de la nuestra, la comisión Rettig del año 92 y la memoria a medias. Devoré testimonios de sobrevivientes, testimonios fílmicos y literarios. Chile, en lo profundo, fue siempre para mí un misterio. De manera casi infantil cuando repasaba La Batalla de Chile y los bellísimos documentales La Memoria Obstinada y Nostalgia de la Luz, de Patricio Guzmán, me preguntaba: ¿dónde estará guardado todo esto? ¿En qué rincones, en qué cajoncitos de la memoria? Para nuestras clases medias aspiracionales Chile fue el milagro del orden y el consumo, la posibilidad de pensar un país donde cada negro, cada indio, ocupa el lugar que le pertenece por mandato racial y de clase. Sin choripanes ni planeros, Chile era la tabula rasa donde se escribían los milagros.  

Ese primer día camino kilómetros en el más absoluto olvido de mi cuerpo. Esa noche me desplomo. Al día siguiente casi no respiro. Me arrastro a una librería y salgo con una pila de libros. Abrazo, con amor y temblor, mi ejemplar de INRI, de Raúl Zurita (nos recuerdo siempre en una noche veraniega en las montañas de Vermont. Hablamos entre cervezas de su amor por Rico Tipo y de nuestra común adoración por Los Caminos de la Libertad, de Sartre. ¿Habrá sucedido esa noche alguna vez?). Después de visitar el Museo Nacional de la Memoria el aire se va acabando. Me detengo minuciosamente en cada sala, reflexiono sobre las decisiones de curaduría, los modos de relatar la catástrofe. No puedo evitar pensar en estos temas sin pensar en nosotros. ¿Qué palabras son Memoria? ¿Verdad? ¿Justicia? Es un bello museo que sin embargo no logra hacerme olvidar los escasísimos condenados por crímenes de lesa humanidad que dio la pos-dictadura chilena. Alguien me pregunta, atribuyéndome algún pobre saber: “tendría que haber un museo así en Argentina?” Pienso en nuestros sitios de memoria, en el Olimpo, que me atraviesa desde hace años el aire y el barrio en el que vivo. Pienso en la cama apacible de Pinochet, en el calabozo de Videla ¿Deberíamos darnos un museo así? ¿La memoria es una piedra iridiscente o aquellos gestos y voces esparcidos? Solamente se me ocurren más y más preguntas. 

Esa tarde, antes de no poder más, saco la foto que más me conmueve: “1973 se acabó”: una larga, conmovedora y fracturada temporalidad. Ya no sé qué es el tiempo, la emprende a martillazos y destila su veneno sobre la ilusoria cronología. ¿Será el tiempo sólo ese instante de opacidad peligrosa o el fantasma luminoso de un pasado que no es tal y que por eso no sabe cesar en su delirio?

Esa noche me internan en una clínica de Santiago. Ya no respiro. Los huesos raspan. 

“Son los pacos culiáos, señora. El gas lacrimógeno que tiran es el de uso militar, no tiran cualquier cosa. El gas vencido queda en el aire, en el asfalto. Y en los pulmones de los asmáticos, de los que tienen alergias respiratorias”. 

Me diagnostican obstrucción de pulmones y laringe. Al día siguiente alguien me contará que los médicos están furiosos, hartos de decirles a tantos que al final serían tuertos o ciegos -para siempre- después de que los “pacos culiáos” les dispararan en la cara. Sin asco. Con la misma crueldad con la que los rocían de gases lacrimógenos vencidos, con la que los bañan en partículas de cianuro que los dejan así, como estoy yo, llorando en una camilla para que me devuelvan el aire. Me ponen cuatro bombas nebulizadoras. Empiezo a respirar despacio. Recuerdo los relatos de la infancia, de mi legendaria casi muerte a los dos años en una playa de Montevideo.  En el 76, el mundo se desmoronó: la dictadura y otras formas de desamparo me fueron arrancando el aire adolescente y durante años –hasta el 83- tuve que andar con un inhalador en la cartera. 

Entonces había resultado nomás que las alergias se echan a dormir y un día se despiertan. ¿Como el pasado? ¿Como la memoria? ¿Como los muertos? Ahí estaba yo, tirada en una camilla, incrédula. “No es la primera vez que trago gas”, me repetía. Quisiera contarle a ese desconocido esas escenas en las que mi historia se anuda con la Historia. Después de todo, soy una argentina de cierta generación. Toso, lloro y recuerdo fechas, la memoria es una ráfaga. 30 de marzo de 1982, 14 de junio (la noche atroz de Malvinas), el 16 de diciembre y el cuerpo ensangrentado de Dalmiro Flores. Los muertos vuelven con los pies embarrados. Otros flotan, hasta que sus huesos florecen en las playas. Ni yo, ni nadie, parece saber dónde termina el pasado. O si vendrá a ser sólo instante.  Miro mis muertos sucios de tiempo. ¿Hasta cuándo valdrá la pena vivir?

Cuando salgo, muchas horas después, como en un bello documental de Patricio Guzmán, las estrellas palpitan en el cielo de Santiago.

Dos días después estoy en casa: tos, corticoides, hemorragias nasales. No duermo, de algún modo que no comprendo sé que no podré volver a dormir nunca hasta que 1973 no se acabe. También sé –y no quiero saber—que 1973 no se acabará nunca.

Me traje florecido Chile en los pulmones. Me traje, como en el verso de Zurita, “camposantos de geranios en los ojos. Y el mar que arde, arde sin consumirse”.

Liria Evangelista
Buenos Aires, EdM, marzo 2020