A propósito de la novela Leyden Ltd. de Luis Sagasti, por Miguel Vitagliano

Leyden Ltd. de Luis Sagasti

Eterna Cadencia, 2019, 112 páginas

Novela

El último proyecto de Paul Wilkes del que (muy poco) se sabe tal vez permita alumbrar el recorrido de Leyden Ltd., la cofradía secreta de conspiradores que reunió (o reúne) a artistas e intelectuales de todo el mundo, entre ellos a Julian Assange y Sophie Calle. Wilkes pensaba concretar el proyecto Antípodas con una escultura (redonda) de treinta metros atravesada por una flecha, o con la simulación de un pozo en el que se proyectara la luz solar que, al mismo tiempo, iluminaría el otro lado del mundo. O quizá sea mejor saber que a Wilkes, el fundador de Leyden, le interesaban las coincidencias fuera de serie porque posibilitaban la emergencia de múltiples sentidos. El ejemplo más conocido (el único que conocemos, en realidad) es el encuentro en un día, el 24 de enero de 1975, de dos acontecimientos registrados en las antípodas (sic!) del conocimiento y la memoria: el concierto de Keith Jarret, en Colonia, y la muerte de uno de Los Tres Chiflados, Larry, en California. Cada uno de los acontecimientos por separado (Larry o Jarret) traza un recorrido esperable, sin embargo, en el momento en que se cruzan dan lugar al origen de otras especies. 

El lenguaje es un virus que se multiplica en los cruces de sentido. ¿Podríamos conformarnos con un único sentido vislumbrando por delante tantos caminos por explorar? Ni Luis Sagasti ni su novela Leyden Ltd. se conforman. Tampoco sus novelas anteriores, Bellas artes (2011) o Maelstrom (2015). Aunque en esta brevísima novela, Sagasti ha tensado más la cuerda, toma el hueso de la imaginación y lo lanza al aire, como el homínido de Odisea 2001, hasta que el hueso se convierte en un satélite en todos los espacios que nos rodean. La novela está compuesta por 464 notas al pie de página de un texto ausente sobre la historia de Leyden Ltd., lo que hace que nos movamos a tientas sobre los avatares del grupo. Lo que el lector cree descubrir en cada nota lo obliga a los paréntesis con suposiciones (siempre; a veces), mientras por lo bajo las notas crean nuevas especies que exceden a Leyden. La nota 49 del capítulo 5, por ejemplo, está referida al principio sobre el que se componen las canciones de amor, el extremo de la dicha o el extremo del dolor; la nota 50 alude a las paredes de los pasillos que conducían a las cámaras de gas en los campos de exterminio nazis, a las mariposas dibujadas por los chicos que ignoraban lo que los esperaba. Y la 48 se concentra en Crítica del juicio de Kant. ¿Cómo podría ser el texto ausente capaz de derivar notas tan diferentes? El texto ausente no es un texto que falta sino un texto intervenido por la potencia de la ironía y la imaginación. 

La novela conspira igual que Leyden, se entromete, se infiltra y desconcierta. Se comporta del mismo modo que ese miembro del grupo que se hizo pasar por ajedrecista ruso en 1972, unas semanas antes del match entre Fisher y Spaski, en pleno delirio de la Guerra Fría. El falso ajedrecista atrajo las luces de la televisión y jugó treinta simultáneas contra aficionados; perdió en todas menos en una en que logró tablas. La intervención era artística, aunque no estética, y política por su misma concreción artística. Y lo intervenido era el discurso de la Guerra Fría al que Leyden enfrentaba con la guerra oblicua del arte que es su manera más efectiva. En definitiva, entrometerse como un virus, “ser parte” del juego de la guerra para hacerla caer por su propio peso, ya que es imposible derrotar de frente a un poder semejante. Derrida preguntaba “¿cómo puedo hacer para engañar a un chino de que hablo chino?”, y se respondía: “Únicamente, hablando chino”.  Y con respecto a la Guerra Fría, los Leyden dirían: Jugando al ajedrez hasta ponerla en ridículo. 

Atentos a esa estrategia, los Leyden organizaron, en los setenta, marchas de temáticas astronómicas, convencidos de que era imprescindible oponerse a la naturalización de un único sentido para las protestas. Porque el poder, como dice la nota 2 del capítulo 4, tiende a deglutir y aplanarlo todo con el fin de apagar “la oposición crítica”. Dos manifestaciones simultáneas (sic!), en tres ciudades inglesas: una en contra de ciertas fases lunares, la otra en oposición a la subida de la marea en Dover. Seis notas al pie después, se lee: “Se explica porque el sistema siempre es sostenido por los extremos.” La claridad es, digamos, meridiana; lo que ignoramos, y nos desafía, es saber qué es lo que “se explica” y acaso también cuál es “el sistema” al que hace referencia. 

Es posible que los lectores de Leyden Ltd. se sientan tentados a reconocer en la novela el gesto borgeano de “Tlön”, pero ¿no sería esa una manera conformarse? Tal vez sería mejor considerar que el texto ausente remite a la realidad inasible de toda novela moderna y que las notas al pie son la potencia novelesca que se concentra en alumbrar esa realidad en vez de pretender decirla, por lo menos desde fines del XVI en China con Jin Ping Mei. El erudito de las carcajadas y poco después con el Quijote. O también, por qué no, recordar que El origen de las especies tiene menos de cinco notas al pie. 

Miguel Vitagliano
Buenos Aires, EdM, marzo 2020