Sublunar. Entre el kirchnerismo y la revolución, de Javier Trímboli, por Roberto Pittaluga


El pasado sábado 9 de septiembre el sello 40 Ríos, una oportuna asociación entre el colectivo editor de El Río sin Orillas y Las 40 editora, convocó a la presentación de Sublunar. Entre el kirchnerismo y la revolución, de Javier Trímboli. El ensayo, que el autor de Espía vuestro cuello comenzó a escribir en diciembre de 2015, fue presentado por Guadalupe Lucero, Matías Farías y Roberto Pittaluga, en Caburé Libros. Escritores del Mundo festeja la salida del libro y comparte con sus lectores esta lectura escrita por Pittaluga a partir de su presentación. 

Un incisivo libro acaba de publicar Javier Trímboli bajo el sello Cuarenta Ríos. Ya el título advierte que se trata de un recorrido singular, tanto como la experiencia sobre la que reflexiona.

    Singular, el texto. Se equivocaría quien pensara encontrar allí una suerte de balance distanciado de los aspectos positivos y negativos de los años del kirchnerismo (o aun, de la gestión estatal del kirchnerismo), o un texto que actuara como exorcismo de purificación; “no va por ese lado”, como suele decir Trímboli a lo largo de sus 164 páginas.

    Todo lo contrario. Se trata de un texto meandroso, barroso; como lo denota su título: bien terrenal. Pero no nos referimos a su escritura, que fluye como si fuera pensamiento en acto, abriendo en cada página un sinnúmero de cuestiones —de esas de las cuales se dice que hay que seguirlas. No, terrenal y barroso porque su complejidad está enraizada en su vitalidad, escritura emergente en el cruce de lecturas y prácticas, en las encrucijadas en las que el pensamiento se encuentra con la vida para que interactúen sus potencias recíprocas, y a la vez desnuden sus carencias.

    Seguir una relación, rastrear sus raíces, exponer sus manifestaciones, de eso se trata el libro, aunque no sólo. Una relación que en principio parece improbable: ¿cuál es el territorio entre el kirchnerismo y la revolución? Lo improbable se convierte en crítica —en el sentido casi diríamos “antiguo” del término, y no en esa variación laxa y moralizante en la que ha mutado en los últimos tiempos. Crítica del kirchnerismo y de la revolución; y por detrás, una pregunta mayor que organiza y trama esa crítica a dos aguas: ¿cómo se expresó la lucha de clases en y a través del fenómeno kirchnerista?

    Medular a esa interrogación ha sido, dice Trímboli, el vínculo del kirchnerismo con “2001” —signo condensado de lo que en rigor son contornos más extensos, y que el autor repone, desde la protesta social que, “aunque localizada y circunscripta”, no dejó de crecer desde fines de los 90 (pero ya no lo hacía bajo estandartes peronistas, aclara) al estallido en esas jornadas callejeras masivas entre diciembre de ese año y mediados del siguiente —caceroleos y saqueos incluidos. Hay allí una tesis: que el kirchnerismo si no nace, al menos abreva en 2001 —y que no es posible analizar su dimensión popular sin atender a ese lazo. El kirchnerismo como asunción de un nombre común para un fenómeno plurivalente y de múltiples orientaciones, entre las cuales, apunta el autor, no faltaron las que pretendieron, precisamente, desconectarlo de 2001 y presentarlo como resolución de la crisis. Sublunar, podría decirse, en tanto crítica —y apertura de un debate absolutamente necesario— se orienta a pensar el kirchnerismo como esa emergencia, y por lo tanto como crisis, como experiencia habitada por tensiones contestatarias y disciplinantes en grados variables, pero convivientes. En palabras del autor: “el kirchnerismo, y fenomenal que así sea, siempre fue el desgarro”.

      En ese trayecto, que gira en torno a 2001 y 2003 pero se mueve hacia los ’80 y ’90 tanto como a los tiempos de las presidencias de los Kirchner, Trímboli se nutre, dialoga y discute con un variado y rico mapa intelectual y político, ensayístico y literario, historiográfico y teórico.

Redota

Si en el fenómeno kirchnerista hay un puente con la revolución, y en particular con el setentismo, los pilotes los colocó 2001; pero a ello hay que sumarle, argumenta, el gesto —“que tuvo mucho de inesperado y funcionó poco a poco como un permiso”— de Néstor Kirchner citando la plaza de 1973 en la plaza de 2003. “Tenue y sorpresivo”, el gesto, dice. Pues más allá de los potenciales cálculos de un gobierno que asumía en extrema debilidad para brindarse un apoyo en los movimientos de la protesta social y el de derechos humanos, la señal del mandatario instaló una nueva interpelación que contactó con parte de aquello que bajo “el signo de la revolución” atravesó las ruinosas décadas neoliberales previas, y que se sumó a las filas kirchneristas debido a 2001, o al menos por las consecuencias que ese acontecimiento tuvo en algunas orientaciones y decisiones que tomara el gobierno entre 2003 y 2015.

      Bajo “el signo de la revolución”. Apunta Trímboli, que “[l]a derrota … siempre implica la búsqueda de otro lugar”; y agrega: “Aun permaneciendo en el mismo”. Supervivencia de la revolución en el reconocimiento de la derrota “con incomodidad y a disgusto”, rumiándola, pero también haciéndose cargo de la responsabilidad —sin distanciarse de aquella experiencia como si hubiera sido completamente ajena— para pensar no sólo el compromiso con los muertos sino también cómo se reciclaron las vidas militantes luego de la masacre y con el terror en los cuerpos que es su legado ostensiblemente actual; cómo se labró el saber sobreviviente y cuánto de lo revolucionario efectivamente sobrevivió. De Fogwill a Jacoby, por mencionar dos interlocutores claves, la supervivencia de lo revolucionario adopta talantes hasta paradójicos. Formas perturbantes, anacrónicas y desplazadas que habilitan la duda, la pregunta sobre “cuánto se puede sostener un revolucionario sin revolución” —en un nuevo contexto, se entiende, caracterizado, sobre todo post 1989, por la supresión de la revolución como horizonte de expectativas.

      Gesto tenue, el de Kirchner, pero gesto al fin. Desde 2001 —y 2003— es posible cierta recuperación de un léxico que había quedado sepultado; evidencia de cierta confluencia en el kirchnerismo de diversas experiencias protagonizadas “bajo el signo de la revolución” —no sólo de los setenta; también aquellas que, como las de la primavera democrática de los ’80, la experimentaron sólo como expectativa y la proyectaban a tiempos lejanos, o aun la de los activistas de los nuevos movimientos de trabajadores desocupados a fines de los ’90. Gran parte de eso que el terrorismo de Estado más el neoliberalismo dispersó y dejó en condición pichiciega, esas “limaduras desperdigadas”, esas conciencias revolucionarias “lánguidas” sobre las que el texto se detiene reflexivamente, fueron atraídas por “la política sublunar” del gobierno kirchnerista, capaz de conjugar los hasta entonces desunidos tiempos generacionales y dar cauce a “la inquietud por la vida en común que se resistía a apagarse”; todo ello, claro, junto al peronismo clásico —o mejor, a lo que había devenido luego de su experiencia menemista.

Reparación y malversación

“Lo que nos convocó del kirchnerismo en la primera hora fue la tarea de la reparación de una trama social sistemáticamente maltratada”, explica. La revolución se torna reparación. Las experiencias de la derrota que no renunciaron completamente a la revolución —pues, nos dice el autor, pensar la primera es seguir atento a la segunda— supieron bien, como tales experiencias, que lo revolucionario convertido en tarea reparatoria de los vínculos sociales desintegrados no era “una maniobra distractiva”.

      Esa tarea reparadora ya venía, en rigor, dice, como “plan defensivo” desde los ’80, en sindicatos y movimiento de derechos humanos, en formaciones descentralizadas que se hacían cargo, como podían, de las áreas que dejaba atrás un Estado desertor que complementariamente expandía, entre los excluidos, espacios de excepción permanentes. Tareas reparadoras, además, que debían enfrentar la voracidad de una insaciable clase dominante, en los tiempos del final de la ciudadanía para gran parte de los sectores populares, de entronización del mercado global y del sujeto consumidor, una situación que Trímboli caracteriza con la figura del “hedonismo de masas” del que hablara Pasolini en la Italia de los primeros setenta.

      La reparación adquiere la consistencia de una actividad orientada por la arendtiana noción de mundo común. Es en este punto que se inscribe la justa reivindicación de las iniciativas que se llevaron a cabo desde 2003 en determinadas áreas por parte de un Estado paulatinamente recuperado para ello. Una tarea apuntada en la experiencia, que Trímboli conoce de primera mano porque en el área educativa fue uno de sus artífices fundamentales, a configurar —esa es la palabra elegida— un nosotros que se hacía eco del reclamo de una “cultura de la solidaridad” para confrontar a aquella propia del individualismo, que dominaba lenguas y paisajes.

      La utilización del Estado en esa tarea reparadora es leída por Trímboli como malversación; digamos, como fiesta o aun derroche. Malversar: bien elegido el término. Una interrupción o desvío de las funciones originales del Estado, una malversación del Estado, redirigido entonces hacia fines que no son los suyos, por usos impropios (y por eso políticos) de sus aparatos técnicos y administrativos; o, muchas veces, salteándolos. Malversar recursos y sentidos, “excedernos”; en eso consistieron las tareas configuradoras de lo común, al asumir “la posición estatal sin ser sus hijos dilectos, más bien todo lo contrario”. Por eso, lejos está Trímboli de expandir estas iniciativas a toda la gestión estatal del kirchnerismo; es más, la malversación tiene sus límites, las lógicas estatales se recomponen y retoman sus versiones y mandatos originales. Asumir la “posición estatal” contra el Estado requiere de una fuerza notable, tener siempre “una nueva cordillera de los Andes” para cruzar.

Derechos de consumición

Toda una discusión la de la relación de los movimientos sociales y el kirchnerismo en el gobierno, en atención a la pérdida de vitalidad de los primeros. Trímboli se carea con diversas interpretaciones: la institucionalización e integración de los movimientos más afines; la estatalización (una modalidad de vieja data, ya la encontramos en la revolución francesa); la existencia, en varios movimientos, de la “ilusión populista”; la idea de la cooptación. Aunque todas ellas tuvieran algo o mucho de verdad —y probablemente la tengan—no alcanza para explicar el problema de la desmovilización de esos movimientos emergentes desde los 90. Mirar la dinámica propia siempre clarifica, y resulta que no es difícil detectar una debilidad propia en los movimientos más o menos autonomistas: la recomposición, aunque fuera mínima, del mercado de trabajo, succionó parte de las fuerza de militancia de los desheredados; una situación, por lo demás, reveladora de cierto realismo político en torno a las fuerzas efectivas que pusiera en la escena 2001.

      El gobierno dialogó con esa situación que instaló la protesta, se nutrió de ella y también actuó en sentido desmovilizador, en tanto buscó reencauzar la movilización; como también lo hiciera el peronismo en sus orígenes, agrega Trímboli. En ese tren, cierta normalización estatal y política buscó borrar los vínculos del kirchnerismo con las movilizaciones de 2001, en un contexto de cierta recogimiento por parte de las clases dominantes: como sostiene nuestro autor, siguiendo las actitudes de recriminación de la Sociedad Rural en el tema retenciones entre 2002 y 2008, las movilizaciones y las protestas de 2001-2002 alcanzaron para generar cierto “miedo” en las clases dominantes, traducido en cautela a la hora de defender sus intereses, dada la clausura momentánea de la resolución represiva ensayada en los asesinatos de Kosteki y Santillán.

      La salida por izquierda ante la ofensiva patronal y mediática de 2008, esa apuesta por el consumismo más el otorgamiento de derechos (fórmula también peronista, del primer peronismo), resultó también ser una encrucijada. Ya las movilizaciones que apoyaron las políticas del gobierno se mostraron menos sólidas, menos consistentes y sobre todo, habían perdido la vitalidad que tuvieran en los alrededores de 2001 y 2002. La alianza con las nuevas tecnologías bajo signo capitalista y “una nueva vuelta de tuerca al hedonismo consumista de masas” fue, piensa Trímboli, una confluencia complicada —la más complicada, añade— pero a la vez necesaria para el kirchnerismo, para constituirse él mismo, y también a su multitud.

      El lado que parece haber fallado es su articulación con una ampliación de derechos que también hacen de esos años una experiencia singular —articulación exitosa en el primer peronismo, en otro contexto mundial y con otros sujetos colectivos. Y es que no parecen conjugarse con armonía las subjetividades que promueve una política de derechos con aquellas otras derivadas del “hedonismo de masas”, este hiperconsumismo unido a las nuevas tecnologías del aislamiento, configuración de una “clase media” conservadora, que se identifica con el país patronal y exige actitudes de deferencia por parte de los trabajadores y los pobres.

Metas

Complicada y necesaria esa alianza, dice Trímboli. Complicada sobre todo por ser necesaria. Es que pareciera que las acciones realizadas, las iniciativas promovidas, las orientaciones y gestos que resultaban atractivos para muchos de quienes habían forjado algo de sí mismos bajo “el signo de la revolución”, chocaban con unas fronteras bien precisas, las del capital —y su producción de subjetividades vía dispositivos tecnológicos y de consumo. No pocas veces Trímboli recuerda que “el capitalismo funcionó bastante bien durante los gobiernos kirchneristas, que los ricos siguieron ganando plata a lo lindo”.

      Lo emergente en 2001, y continuado luego bajo formas kirchneristas —aunque también hubo otras— había nacido con una falta: un texto que unificara los reclamos. Lo mismo parece faltar en ese otro evento singular, el 9 de diciembre de 2015, donde una presidenta se retira frente a una plaza colmada; pero lo que registra Trímboli respecto de ese día, ayer nomás, es la incapacidad de esa multitud para constituir una palabra propia, “como si después del protagonismo recuperado de la política quedara no obstante en evidencia la debilidad de su lengua, la dificultad para nombrar los sentidos en disputa”. Esa recuperación de la política no se conjugó con una recuperación equivalente de objetivos estratégicos, de la meta, dice Trímboli; más bien hubo ausencia de debates sobre cómo transitar más allá del capitalismo, cómo pensar el socialismo. Un rasgo de época, al menos en Argentina, concluye: la ausencia de “un poderoso y prometedor objetivo a alcanzar” condenó la lucha al terreno del reparto y del consumo, apuntalando entonces el individualismo, como también reforzó, como espejo de este último, un estatalismo casi extremo que denunciaba por ilusoria toda política autonomista.

      Sin embargo, y aun cuando acordamos con la necesidad de “salirse de la época” para pensar la revolución proponiendo un debate sobre los modos de “transitar” hacia otro lado, también el propio Trímboli nos recuerda la idea benjaminiana de la revolución como aplicación del freno de mano a la locomotora de la historia, junto a la noción de débil fuerza mesiánica, ideas ambas que no se nutren, como decía el judeoalemán, del ideal de los nietos liberados sino de la imagen de los abuelos esclavizados.

     La “insuficiente teórica” durante el kirchnerismo podría haber sido compensada, quizá parcialmente, por quienes “veníamos de la afección por la revolución”, apunta. Podríamos decir, sin traicionar en nada el texto, que quienes así se reconocían más o menos explícitamente tampoco eran un conjunto compacto y homogéneo, que en las imaginaciones de esa militancia posdictatorial revolución se decía, cuando se decía, que no eran muchas las veces, con distintos acentos. El cambio léxico que ha llevado a la expansión del término emancipación en detrimento de revolución, tal vez por ser aparentemente más ubicuo y con menos carga de choque con la opinión común, cambio que levanta las sospechas de Trímboli, expresa, probablemente, las dificultades por establecer los aspectos negativos y positivos de lo que se movilizó políticamente en las revoluciones pasadas: o para decirlo más llanamente, para construir un legado de la revolución que tuviera clara las distancias entre los jacobinos y los sans-culottes o los enragés, entre los soviets y la Tcheka, entre Tosco y Firmenich. Y que efectivamente se configurara como legado, no como herencia. Se trata de una discusión pendiente, abandonada tanto por quienes despacharon in toto “lo revolucionario” como por quienes lo defendieron en bloque. Sublunar, con su trabajo en el entre, y por ello en la práctica política tanto como en su puesta en reflexión, contribuye a retomar esa tarea pendiente.

Bifurcación

Volvamos sobre la cita a Benjamin. Dice Trímboli: “Se podría pensar que el kirchnerismo amortiguó y le puso malla a lo más salvaje del mercado y del capitalismo financiero a través del Estado, pero me parece más atinado decir que lo suyo fue un desvío inevitablemente momentáneo”. Los años kirchneristas como interrupción o, mejor, en los años kirchneristas un desvío de la historia, esa historia que no puede ser, hasta que se la detenga, más que la historia de los vencedores. Un desvío que no compete a todo el kirchnerismo, él mismo un desgarro entre tiempos.

       La idea de desvío que ofrece el libro abre la posibilidad de pensar estos años como una suerte de competencia de los tiempos, entre un tiempo de la historia de la continuidad (la de la “complicada” alianza), y otro que aflora aquí y allá, con más o menos consistencia, en expresiones e iniciativas que desplazan al primero por la gestación inmediata (sin mediaciones) de “un mundo común”, que lo alternativizan al producir otras relaciones del presente con el pasado y con el futuro.

      Efectivamente, un gran aporte del libro es el de permitir pensar estos años como aquellos en los que se ha expresado —al aflorar, al presentarse a la vista lo que está en carena— este choque de tiempos; leve choque podríamos agregar, pero choque al fin.

     En esa bifurcación, Trímboli señala que desde 2001 y la asunción de Kirchner se produce una vuelta del pasado a la escena cultural, de los años setenta pero también de “Juana Azurduy, Bolívar y el Chacho Peñaloza”. Tomemos otro ejemplo, expuesto en el libro. Los festejos por el Bicentenario de Mayo se convirtieron en la movilización de masas más impresionante de los últimos tiempos, un fenómeno que excedió largamente a la ciudad porteña y el gran Buenos Aires, pues hacia sus actividades se acercaron habitantes de todo el país. Aunque para Trímboli “la enorme multitud … no tenía una adhesión política explícita”, en referencia a la ausencia de identificaciones con las particiones políticas principales, también es cierto que una política se ponía en juego en esos actos multitudinarios, a través de la exposición de relatos históricos que impedían pensar el pasado nacional —y con ello a la nación misma— como gesta de grandes hombres, como destino de una esencia inmemorial, ni tampoco en términos progresistas y continuistas, plagada como estaba, esa historia, de desgarros y dolores, muchos de los cuales tocaban consistentemente el presente de los espectadores, haciendo a ese presente menos coherente consigo mismo. Ese afloramiento de otros tiempos pasados en el tiempo presente, de pretéritos disidentes con la lengua del progreso, bifurcaba el presente de la conmemoración, y configuraba la escena para la proliferación de otros relatos históricos, ellos mismos insumos claves, agreguemos, de cualquier potencial debate sobre la transición más allá del capitalismo. Que una de las invectivas a las que recurrió buena parte del hasta entonces mainstream académico de la historia haya sido la impugnación del “relato kirchnerista” —como si hubiera habido uno solo— no era más que la manifestación sintomática de lo que se jugaba en términos de historia, y con ella, de política, en esas apelaciones discontinuistas al pasado, muchas veces realizadas con eje en la lucha de clases —como fuera el caso de la zaga “Tras las huellas de un siglo”, realizada por la TV Pública, con Javier Trímboli como uno de sus realizadores.

      “Inevitablemente momentáneo”, dice, lo de la experiencia 2001/kirchnerismo; un momento, una cuestión de tiempo. Lo que puede leerse como condena a ser “un respiro”, una breve interrupción de los tiempos del capitalismo hipermaduro; pero también como una experiencia que intervino en la temporalidad de la historia. Incluso, siguiendo la línea del libro, ya 2001 se presenta como un acontecimiento de múltiples tiempos y de desafío de la organización del día y de la noche. Ese carácter bifurcado de los tiempos del “ciclo” que Trímboli analiza, entre 2001 y 2015, es el que se expresa en las iniciativas que desde el Estado van a contrapelo de la matriz más propia de lo estatal, donde cada actividad, podría decirse, se orienta al mantenimiento de esa temporalidad dividida, haciendo otra historia en sus acciones, porque construye ese nosotros que individualiza de modo alternativo al sujeto consumista. Una posición, además, que tenía la virtud de poder dialogar con prácticas no estatales, evitando así el estatalismo a ultranza (con el que en realidad, chocaba.

El libro de Javier Trímboli, Sublunar, es, asimismo, una intervención en ese sentido, que se ofrece como instancia para una reflexión y un debate necesarios. Su organización sin subtítulos orientadores, numeradas como tesis que constituyen problemáticas interconectadas pero con autonomía propia —por eso podemos seguirlas, cada una de ellas, en conversaciones próximas— también elude un ordenamiento cronológico; no podía ser de otro modo. Y aun cuando señale, en sus páginas, que la tarea intelectual abandonó aquel pensamiento que se proponía producir tajos en lo real, por otro cuya tarea era componer, el libro, como política intelectual sublunar, inscribe sus propios tajos, internándose por los desgarros de la experiencia en los años del kirchnerismo. Porque para configurar, también se necesita cortar.

Roberto Pittaluga

Buenos Aires, EdM, septiembre 2017