Crónica de un almuerzo en dispersión, por Martín Kohan

ace un rato comí otra vez, igual que siempre, pensando en cualquier cosa. Lo descubrí un poco después, al ver en la calle un aviso de manzanas y sentirme de repente tentado, deseoso de comer una. Pero acababa de comer una, porque tal fue mi sencillo postre, y ni siquiera reparé en que lo hacía (mis ganas no fueron de comer otra manzana, sino de comer una; no deseaba repetir, deseé como se desean las cosas lejanas). Así supe que había comido como siempre, de nuevo sin saborear, sin disfrutar, sin darme el gusto, muy con otra cosa en mente.

            La cosa que tengo en mente hoy por hoy tiende a ser ésta: una idea de novela; la de un tipo común que, cada tanto, se saca fotos con nenitos desnudos. Lo hace como si fuera inocente, sin sentir ninguna culpa, sin sentir que hace violencia; hasta que un día pasa algo, todavía no sé qué, y ese mundo se le viene encima. Por ahora lo que tengo es nada más que esa sola idea, que es lo mismo que no tener nada; porque una novela no se hace con ideas, sino con tonos y palabras y formas, con narrador o narradores, con tiempos verbales y con puntuación, y por ahora todo eso me falta.

            Nada tengo, entonces, solamente esa idea; pero bastan esa nada y esa idea para ocupar casi siempre lo que pienso. Y por lo tanto así como, por lo tanto así comí: disperso, desatento, desapegado, algo ido; y así sigo nomás por la vida: aplicado a mis cositas, perdiéndome un poco de todo, sin enterarme demasiado de nada.

                                             

                                                                                        Martín Kohan

                                                                        Buenos Aires, Argentina, EdM, abril 2012