Bibliotecas: Bosnia y Herzegovina, por Gabriel Graves

Creo que es el primer caso en el mundo: la Biblioteca Nacional de Bosnia y Herzegovina va a cerrar. Se acaba. Deja de existir. No es extraño que las bibliotecas sean regularmente bombardeadas, saqueadas o destruidas de algún otro modo. Pero que una Biblioteca Nacional anuncie su cierre es algo inédito. Un final que es casi una declaración de principios.
    Noticia perdida en unos pocos diarios, dos o tres párrafos que relatan “las tres principales comunidades étnicas no lograron un acuerdo sobre cómo financiar la institución”. Interna complicada: el gobierno central en Sarajevo supervisa las regiones semiautónomas del país, pero no está obligado a financiar a las instituciones culturales. “Los bosnios defienden la idea de que la herencia cultural debe ser preservada por cada una de las comunidades étnicas”. Como conclusión, la plegaria de la subdirectora, Bedita Islamovic: “[Bosnia y Herzegovina se ha convertido] en el único país en el mundo al que no le importan sus tesoros nacionales”.

    ¿Qué es una Biblioteca Nacional? Unas palabras de Domingo Buonocore al respecto: “en principio, [una Biblioteca Nacional] deben investir el doble carácter de archivo de toda la producción intelectual impresa en el país o relativa al mismo, cualquiera sea el lugar donde esta última se publique y, además, deben reunir la bibliografía más valiosa y representativa de las naciones extranjeras, en primer término de aquellas con las cuales se tengan más vínculos por razones de afinidad cultural (…) De esta doble condición surge la característica esencial de este tipo de biblioteca: órgano de depósito y tesoro donde se custodia y preserva el libro”.
    Entonces, ¿qué es cerrar una biblioteca nacional? Cerrar la patria. Negarle al futuro la posibilidad del tesoro del pasado. Renunciar voluntariamente al lugar que el mundo le había reconocido al saber de Bosnia y Herzegovina y que Bosnia y Herzegovina le reconocía al mundo. Es un suicidio, un llamado a que nada podrá reconstruirse entre las etnias balcánicas.
    Tras la muerte de Tito, los pueblos eslavos de la península balcánica pasaron años de guerras fraticidas que cambiaron el mapa y dejaron miseria generalizada mientras algunos vendedores de armas se enriquecían. Estas luchas no han terminado y, en ese sentido, el hito de cerrar una Biblioteca Nacional es un punto no menor. El escritor Marko Vesovic dice que la situación le recuerda, veinte años después, al sitio de Sarajevo: “ha vuelto el cerco de los viejos tiempos. Ya no son los chetniks en la colina, ahora el asedio lo sufre la cultura”.
    Desconozco lo mínimo indispensable como para referirme a la situación de Bosnia y Herzegovina, pero creo que hay un instinto en el fundar una Biblioteca Nacional que es extrapolable a todas las regiones. El ejemplo que me queda más cerca es el de la Argentina. Cuando Mariano Moreno impulsó la creación de la Biblioteca de Buenos Aires, corrió a anunciarlo en La Gazeta. El anuncio de la Fundación data del 13 de septiembre de 1810 y, en este momento oscuro para las bibliotecas nacionales, dan ganas de citarlo entero. Contengo el impulso y remito al hipervínculo, sólo mencionaré algunos pasajes. Muy cerca de la Revolución de Mayo que depuso al virrey Cisneros y lo reemplazó por una Junta de gobierno patrio, hubo una necesidad inmediata de una Biblioteca Nacional. La Junta, dice Moreno, “se ve reducida a la triste necesidad de criarlo todo; y aunque las graves atenciones que la agobian no le dejan todo el tiempo que deseara consagrar a tan importante objeto, llamará en su socorro a los hombres sabios y patriotas, que reglando un nuevo establecimiento de estudios, adecuado a nuestras circunstancias, formen el plantel que produzca algún día hombres que sean el honor y gloria de su patria”. Así, la Junta de Gobierno pensó que la forma más sencilla, durable y económica de hacer una patria era construir una biblioteca donde la gente pueda enfrentarse al conocimiento de una forma extrañamente democrática: el pie de igualdad ante el libro que ofrece la biblioteca, un posicionamiento ante el saber que no necesita la mediación de un docente. Cada quien entenderá según sus posibilidades y acrecentará, en todos los casos, su caudal de conocimientos. Y, a partir de allí, un país es posible. La biblioteca es el medio más seguro para la “conservación y fomento” de los pueblos. “Los libros que están a mano”, nos dice Moreno, “para dirimir las disputas”.
    Quizás exagero, quizá no es tan grave como me parece y en realidad los pueblos encuentren mejores maneras que una Biblioteca Nacional para llamar a su unidad y continuidad. Mientras, miro las postreras horas que relata la página de la Nacionalna I Univerzitetska Biblioteca Bosne I Hercegovine, sus anuncios ante la situación dramática, la presencia de algunas personalidades de la cultura que muestran su disconformidad, los donativos que individuos o instituciones hacen; en definitiva, la heroica resistencia que todavía se ofrece para no extender un certificado de defunción a la cultura toda.

Gabriel Graves
Buenos Aires, Argentina, EdM, marzo de 2012