Palabras, por Alcides Rodríguez.

“Siguiendo el ejemplo de los filósofos y los economistas, los criminales políticos tienen en Alemania una terminología propia. Tienen, por ejemplo, una preferencia especial por el verbo erledigen. Erledigen significa “eliminar”. En la correspondencia mantenida entre los asesinos de Rathenau, entre los autores del atentado fracasado contra Scheidemann y entre los agresores de Maximiliano Harden, abunda el verbo erledigen, conjugado en todos los tiempos. Según la terminología del criminal nacionalista alemán, Erzberger, Eisner, Haase, Rathenau no son hombres asesinados. Son, sencillamente, hombres “eliminados”.”

Estas palabras se leen en el artículo que el periodista catalán Eugenio Xammar publicó en La Veu de Catalunya el 28 de diciembre de 1922. Corresponsal destacado en Alemania en los años veinte y treinta, Xammar fue testigo de los difíciles tiempos de la República de Weimar y del desarrollo y triunfo del nazismo. Las víctimas nombradas en el fragmento eran los clásicos “enemigos” de cualquier corriente nacionalista. Había intelectuales, como el caso de Harden, católicos pacifistas como Erzberger, políticos socialistas, como los casos de Scheidemann, Eisner y Haase, o liberales como Rathenau. Los tres últimos eran además judíos. Siempre atento a las palabras, Xammar notaba cómo tras el ascenso de Hitler al poder cierta terminología militar se iba imponiendo en todo el país. En un artículo publicado en 1934 señalaba cómo las medidas tomadas para reducir el desempleo eran las armas para ganar la “gran batalla del trabajo”. Siempre pensando en la victoria final, las antiguas organizaciones sindicales habían sido fusionadas en un “Frente del Trabajo” controlado por el Estado nacionalsocialista. Durante los trágicos tiempos de la Shoá, el nazismo nunca denominó al genocidio por su nombre. Como se sabe, utilizó la expresión “solución final”, siguiendo la tradición lingüística de los nacionalistas alemanes destacada por Xammar.

    Las dictaduras militares argentinas del siglo XX nunca denominaron la toma del poder y sus actos de gobierno con los términos “golpe de estado” y “dictadura”. Tres de ellas, las iniciadas en 1943, 1955 y 1966 fueron “Revoluciones”. Hay que decir, sin embargo, que hubo algunas excepciones dentro de las filas golpistas. En vísperas del golpe de Onganía, el periodista y docente Mariano Grondona no tuvo inconvenientes en llamar públicamente a las cosas por su nombre. En un artículo publicado en Primera Plana el 31 de mayo de 1966 hacía un pormenorizado análisis del significado de la palabra dictadura en la antigua Roma. Despojándola de toda connotación negativa, la presentaba como una noble herramienta que, concentrando el poder en manos del dictador, ayudaba a resolver los graves problemas de un país en tiempos de crisis. La última dictadura militar (1976-1983) se autodenominó “Proceso de Reorganización Nacional”, estableciendo con ese rótulo un vínculo con el proceso de organización nacional de la decimonónica generación del ochenta. Es cierto que economía liberal y genocidio sostenían en buena medida ese vínculo. El uso de la palabra “junta de gobierno”, utilizado por los militares para designar el sistema de gobierno dictatorial, remitía a los áureos momentos de la Revolución de Mayo. La terminología militar y la imaginería cuartelera no estuvieron ausentes en este caso. La DGI, el órgano estatal de recaudación impositiva, tomó en las campañas publicitarias la forma de un tanquecito verde que perseguía implacablemente a los evasores. Para combatir la insistentemente declamada voracidad territorial del “enemigo chileno”, se instaba a la población a “marchar” hacia las fronteras para poblar los márgenes andinos del país. El asesinato jamás sería llamado por su nombre: la palabra utilizada fue, como bien se sabe, “desaparecido”. El propio dictador Jorge R. Videla se encargó de precisarla en términos filosóficos, en una conocida conferencia de prensa.
    La cobertura de la prensa argentina durante buena parte de la Guerra de las Malvinas fue netamente triunfalista. Tras la estela del titular “¡SEGUIMOS GANANDO!” la revista Gente del 27 de mayo de 1982 publicaba en su tapa la fotografía, probablemente trucada, de un buque británico bajo ataque aéreo argentino. Junto al titular se reseñaban los daños infligidos a la Royal Navy:

“6 BUQUES HUNDIDOS. 16 AVERIADOS. 21 AVIONES Y 16 HELICÓPTEROS DERRIBADOS. ESTAMOS DESTRUYENDO A LA FLOTA BRITÁNICA.”

Los informes acerca de ataques y hundimientos de buques británicos eran excelentes oportunidades para consolidar la idea de guerra victoriosa. En este sentido la prensa británica no fue a la zaga. Apelando a términos propios del mundo del box, el diario The Sun del 4 de mayo informaba acerca del hundimiento de un buque patrullero argentino y del ataque al crucero A.R.A. General Belgrano con las siguientes palabras:

“TE TENGO. Nuestros muchachos hunden cañonero y agujerean crucero. LA MARINA puso a los Argies de rodillas ayer por la noche después de un devastador doble golpe.”

Neil Wilkinson era en 1982 un joven marino a cargo de una batería antiaérea a bordo del H.M.S. Intrepid. Cuando su buque fue atacado en la bahía de San Carlos por tres Skyhawks argentinos, logró derribar a uno de ellos. Vio cómo el avión se estrellaba convertido en una bola de fuego. Tras el júbilo inicial, Wilkinson buscó en el cielo rastros de la eyección del piloto. No los encontró. Se convenció que no había sobrevivido. “No hay manera de que alguien salga vivo de ese avión”, diría varios años más tarde. La posguerra no fue sencilla para Wilkinson. Padeció fuertes y prolongados traumas; en su cabeza, el avión y su piloto siguieron estrellándose durante veinticinco años. En 2007, viendo un documental sobre la guerra, fue sorprendido por el testimonio de un piloto argentino que contaba la odisea de su supervivencia. El relato de Mariano Velasco acerca de su derribo coincidía punto por punto con su propio recuerdo de aquel día. No tuvo dudas: había derribado el Skyhawk de Velasco. Feliz de saber que el piloto estaba vivo, se propuso contactarlo. Con ayuda de la embajada argentina en Londres consiguió su correo electrónico. Tras intercambiar mensajes durante un tiempo, en 2011 decidió viajar a la Argentina para conocerlo personalmente. El encuentro, muy emotivo y puntapié inicial de una amistad, fue documentado por la BBC y difundido en toda Gran Bretaña. “Esto es demasiado para ponerlo en palabras – expresó Wilkinson durante el encuentro – Conocerlo (a Velasco) en persona es el cierre de un ciclo. Ahora sé que está vivo y que somos amigos”.

En el mismo número de GENTE del 27 de mayo se informaba acerca del hundimiento del H.M.S. Coventry, atacado por una escuadrilla de Skyhawks integrada por el propio Velasco, dos días antes de ser derribado por Wilkinson. Murieron diecinueve de sus tripulantes. El hundimiento del Belgrano mató a trescientos veintitrés marinos. La destrucción de los dos buques de guerra fueron para Gente y The Sun inmejorables datos para seguir construyendo el triunfal relato de la victoria. Para otros, familiares y camaradas de los muertos en primer lugar, ambos naufragios tuvieron un significado bien diferente. Wilkinson no estaba orgulloso de haber derribado un avión enemigo. Se quedó más bien con la certeza de haber matado a un hombre. Verlo vivo fue un inenarrable alivio para él. Si bien se encontró escaso de palabras para dar cuenta de sus emociones más profundas tras el encuentro con Velasco, supo hallar las adecuadas a la hora de dar un significado al acontecimiento que le toco protagonizar aquél intenso día de mayo de 1982 en el Atlántico Sur. Al contrario de nacionalistas, nazis, dictadores, grupos de tareas, empresarios de medios y ciertos periodistas, tuvo la valentía de hacerse cargo de ese significado, pagando, eso sí, un alto precio. Más de dos décadas de dolorosos traumas son buena prueba de ello.

Alcides Rodríguez
Buenos Aires, Argentina, EdM, 2012