Perros argentinos, por Juan Becerra

La Argentina aportó a la historia genetista de los perros de diseño un producto famoso, el Dogo argentino, creado por el médico cordobés Antonio Nores Martínez, y convertido en nuestro Rintintín metafísico en El perro (Carlos Sorín, 2004), donde el actor cuadrúpedo aparece como un ejemplar reflexivo y paciente y establece un delicado vínculo de silencios con su amo, quien invierte el principio de solidaridad entre amo y mascota: es él el mejor amigo del perro.
Pero no fue la única raza que cayó del árbol de la manipulación y la paciencia. Se menciona también el perro de pelea cordobés, extinguido como raza pero vivo en la leyenda que lo recuerda como campeón de riñas e intratable en los apareos, allí donde macho y hembra se mataban sin contemplaciones. No sólo el pit de la riña era una zona de exterminio y autodestrucción de su propia especie; también lo eran el espacio y el momento vital de la supervivencia, filtrados por la tradición de la viudez negra.

Pero en un terreno más elevado hace su aparición el Polar argentino, un descendiente del Husky siberiano, el Alsakan malamute, el Spitz manchuriano y el Groenlandés, desarrollado durante más de treinta años por el Ejército como una evolución de sus antepasados árticos (nos referimos a los del perro). Marcelo Dos Santos, recuerda en su artículo “La extinción del perro Polar argentino: adiós al amigo”, un título sentimental que nos recuerda el hit canino de Alberto Cortéz -lo recordaremos a medias, para no llorar-, la performance deslumbrante de ese animal armado.
Con tres capas de piel -el Polar era, antes que nada, un perro térmico- y una fortaleza descomunal para superar las inclemencias de las bases General San Martín (al sur del Círculo Polar Artico) y Esperanza y sus adyacencias tormentosas, se lo ha visto tirar trineos con una carga de más de una tonelada, a una velocidad de 50 kilómetros por hora en la llanura antártica, ¡y a 80 en bajada! No, no; no eran perros tunning: era la genética que triunfaba lejos de casa. Así se preparaban para el día en que alcanzarían la máxima proeza de su raza. El momento llegó. Fue hace muchos años, en la base soviética Vostok, el Día del Récord Mundial de Frío: 89,3° C bajo cero. Fresco para chomba.
Reconstruyamos mentalmente la escena perdida. Pensemos en nuestras cubeteras escarchadas, en Noches blancas, de Christopher Nolan, y en Help, de Ricard Lester; y en el Gulag de la legendaria Siberia, los muñecos de nieve de Bariloche con sus narices de zanahoria, las lluvias de polipropileno expandido (vulgarmente llamado Telgopor) que anima las fiestas con baile, la espuma en aerosol de la marca líder Rey Momo eyaculando sus hilos blancos en el Corsódromo de Gualeguaychú, los iglús de Groenlandia: todo lo que tenga blanco sirve, sin perjuicio de que se trate de un blanco extrapolado. Ahora bien, no responderemos a la pregunta: ¿dónde estaban?, porque ya sabemos que estaban en la Antártida; pero daremos lugar a la pregunta: ¿qué hacían?, en medio de ese frío catastrófico, para responder con la autoridad que encierran las comillas de la cita (no lo decimos nosotros: lo dice un testigo): “jadeaban tranquilamente”. A los polares argentinos, echados en la nieve de la base Vostok, los casi -90 C° no le hacían mella mental ni física. Decir que jadeaban “tranquilamente” es decir que reían como hienas del desafío que la naturaleza les planteaba.
Para reforzar la mitología del polar argentino, Dos Santos refiere la literatura del “experto en perros”, Sergio Grodsinsky, quien reconoce que el animal, sin mucho esfuerzo, detectaba grietas bajo la superficie engañosa del hielo que, en su apariencia de solidez, traicionaba la confianza de los expedicionarios antárticos. El entusiasmo de Grodsinsky es emocionante y aleccionador para quienes crean todavía que el perro no es el mejor amigo del hombre (son gustos: una estación de FM asegura que el mejor amigo del hombre es la radio).
Luego de extenderse en un estudio comparativo entre las facultades locomotoras del polar en desmedro del tractor, el especialista nos golpea el corazón con el roce sensible de su pluma: “La utilidad última del Polar Argentino, el último sacrificio que era capaz de hacer por sus amos y amigos, era el hecho de que podía servir de sustancioso alimento en casos de muy extrema necesidad. Más de una vez -sobre todo en las primeras expediciones de principios del siglo XX-, los exploradores debieron comerse a algunos de sus perros o sacrificar a algunos de los del tiro para que los demás comieran y poder llegar a destino. Esto, como se comprende, tampoco puede hacerse con un tractor”. Y, sí: cómo no se va a comprender. No ha de ser tarea fácil comerse un tractor, pero si surgiera la necesidad -porque, la verdad, uno nunca sabe qué puede haber en esa caja china que llamamos futuro-, ¿por dónde deberíamos empezar? ¿Por las cubiertas que, al ser de goma, nos traerán recuerdos de churrascos de oferta? ¿Y cómo la comemos?: ¿hervida?, ¿asada?
Desde que Ulrico Schmild en su Viaje al Río de la Plata nos refirió que en la hambruna de 1551 los españoles se comían los zapatos (incluso un español se comió al hermano), conocemos muy bien las diferencias entre un plato a la carta y el plato del día. Más difícil es entender que ser cazado para el almuerzo o la cena era algo que el polar hacía por sus amos y amigos. Obsesionado por detectar las diferencias (no solo de dureza) entre mascota y máquina, Grodsinsky no deja cabo suelto y persiste en narrar la devoción de los misioneros antárticos por sus perros, “porque -como tampoco podrían hacerlo los tractores- representaron para ellos y a lo largo de décadas, inagotables fuentes de amor, afecto, abrigo y compañía en las largas, interminables noches polares en plena soledad”. En fin: no ha de ser fácil la vida del hombre en las nieves.
El polar argentino habitó su Paraíso de hielo entre 1951 -¡perro peronista!, ¡Pulky de los perros!- y 1994, año en el que fue expulsado por exigencia del Tratado Antártico de Protección del Medio Ambiente. Las alternativas no eran muchas: evacuación o sacrificio. Los cargos contra el prodigio nacional fueron redactados por un comité científico, y se basaron en que los perros “transmitían el moquillo a las focas”, “depredaban las pingüineras” y “albergaban en su pelaje parásitos capaces de alterar el equilibrio ecológico de la Antártida”, acusaciones que a Grodsinsky lo mueven al odio, a la risa iracunda y a sostener lo contrario: que las únicas enfermedades del polar argentino eran la dermatitis y la parasitosis, transmitidas ¡por los pingüinos y las focas!. Pero antes del 1° de abril de 1994, los 56 ejemplares de polar argentino que quedaban en las bases fueron trasladados a Tierra del Fuego, donde fueron muriendo por deficiencias inmunológicas. Primero -cuenta Gordsinsky- llevaron 30, de los cuales veintiocho murieron de inmediato. Quedaron dos machos: inolvidable amistad homoerótica entre pichichos, pero cero tasa de reproducción. Y los 26 correspondientes al segundo embarque fueron diluyendo su raza en otras, y ya no quedan puros. O sí: queda uno, Poncho. Tanto se destacó como radar terrestre, salvando vidas de los abismos que se abren bajo los hielos, que el sacerdote Juan Tico lo embalsamó en Tierra del Fuego, donde su presencia fantasmática -y real: para esa confusión se inventó la taxidermia- ha comenzado a trepar a las alturas de la mitología zoológica donde hibernan con sus nombres prestigiosos otros colegas extinguidos: los gliptodontes, los brontosaurios y los velociraptores argentinos.
Juan Becerra (Buenos Aires)