Fragmentos de “Wakolda” (novela), por Lucía Puenzo

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Ese era el día en el que una mezcla de cloruro de sodio y nitrato magnesiano, inyectado con infinita paciencia en cada globo ocular, cambiaría para siempre el curso de la ciencia. Las esterilizaciones masivas, las vivisecciones, los intentos frustrados de cambio de color de pieles y cabellos con inyecciones subcutáneas y hasta la noche en que creyó haber enlazado por fin las venas de unos hermanos gemelos para crear siameses, horas antes de encontrarlos boqueando como pescados… todos sus fracasos serían olvidados si lograba cambiar el color de ojos de ese chico. Mil veces había imaginado que sostenía al único gemelo rumano al que la tinta le había teñido el iris izquierdo (después de que una dosis excesiva le quemara el derecho), de pie en la tarima de cada congreso médico de Higiene Racial en los que había participado la última década, con los nervios ópticos paralizados por el exceso de químicos y las pupilas dilatadas por el terror, en brazos de quien lo había pinchado una y mil veces hasta arrancarlo de la mediocridad. Lo había soñado con la cabeza afeitada para que la pelusa negra de sus orígenes fuera eclipsada por un futuro ario. Pero antes de entender que no era más que un sueño, a las imágenes de esa primera vida en la que todo era posible las eclipsó la certeza de que su victoria era la punta del iceberg de todas las transformaciones que vendrían (hasta modelar genéticamente a los ciudadanos de una nación entera), aunque hasta ahora no hubiera más que pieles laceradas, gangrenas y amputaciones. No en vano habían invertido millones de marcos en él. Por la pureza de la sangre y de los genes, porque sin eso no se iba a ganar ninguna guerra. Fue ahí donde comenzó la involución de la Edad Dorada, en la antisangre, con sus cromosomas y genes alterados. Esa era la verdadera guerra: pureza o mezcla.

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Más cerca de la intoxicación que del enamoramiento, no volvió a sentirse bien hasta que se sumergió en el lago de cabeza al día siguiente. Hundida en el agua helada del Nahuel Huapi, Lilith dio un par de saltos y giros al sentir que se le entumecían los músculos. La quinta vez que atravesó la superficie vio a Mengele sentado en el muelle, observándolos. Había llevado una sillita y una sombrilla hasta el borde. Fingía leer el diario, aunque en realidad estaba dándose un festín con el desfile de cuerpos semidesnudos. Seguía la panza embarazada de un lado a otro. Cuando Lilith salió del agua, bajó el diario para observarla ya sin el menor disimulo. Su cuerpo era menos deforme de lo que aparentaba vestido. Las piernas eran cortas (o el tronco demasiado largo), pero había una misteriosa armonía en la imperfección de sus medidas. Se acercó corriendo hacia él por la orilla, el traje de baño pegado contra un cuerpo que ya empezaba a curvarse para dejar atrás a la niña. Era un pequeño amasijo de tonicidad. Le temblaban los dientes y tenía los pezones duros. Lilith vio el deseo en su mirada y arqueó la espalda todo lo que pudo, como si quisiera exhibirse para él. Era la primera vez que la mirada de un hombre la hacía sentirse así.
Lucía Puenzo (Buenos Aires)