“Ocio”, por Dardo Scavino

asta hace algunos años, los aviones se dividían en primera y segunda clase, y estos adjetivos ordinales disimulaban apenas la separación económica entre los ricos y los pobres. Pero de un tiempo a esta parte, las compañías proponen una diferencia entre business y tourist class, como si los ricos no viajaran siempre en clase de negocios aunque lo hagan por turismo. Esta última clasificación, es verdad, tiene al menos la ventaja de despejar cualquier duda acerca de cuál es la clase económicamente dominante en la sociedad del capital. Pero nos deja un enigma: ¿por qué se considera turistas a todos quienes no se desplazan por negocios? ¿por qué un trabajador inmigrante, un artista o un profesor universitario serían, cuando están de viaje, turistas?

    Me da la impresión de que la distinción entre tourist y business es un eco de la antigua oposición latina entre otium y negotium. Cuando los romanos tuvieron que nombrar a esa clase que se dedicaba a vender y comprar lo que hacían los demás, cuando precisaron catalogar a ese grupo que no estaba compuesto ni de agricultores ni de carpinteros ni de herreros ni alfareros -y ni siquiera de guerreros o sacerdotes-, cuando necesitaron designar a esos sujetos embarcados en un ajetreo sin fin, no tuvieron mejor idea que negar el sustantivo otium. Así nacieron negotium y negotiator.
    Pero los romanos forjaron estos vocablos imitando una voz helena, a-scholía, que los griegos empleaban para referirse a la preocupación, el desasosiego o la ausencia de scholé (tranquilidad, serenidad, despreocupación o, precisamente, ocio). Negotium no aludía solamente a una actividad comercial sino también a un estado de ánimo: la ansiedad, el frenesí o el nerviosismo. De modo que el stress de nuestros agitados businessmen no es una consecuencia del vértigo de las intercambios comerciales o bursátiles del actual capitalismo.
    Ahora bien, si había un elemento que caracterizaba a las clases romanas dominantes, éste era el ocio. Un rico, en Roma, era un personaje ocioso. Es cierto que algunas representaciones modernas de la decadencia del Imperio nos muestran una clase dirigente entregada a una molicie voluptuosa. Pero el otium no se limitaba a los banquetes, los baños y los masajes. Como el vocablo scholé lo indica (escuela, school o Schule vienen precisamente de ahí), el ocio estaba asociado, antes que nada, con el cultivo del espíritu. Y el señor tenía tiempo de hacerlo porque disponía del cuerpo del esclavo para trabajar. De modo que los romanos hubiesen invertido la clasificación actual: la otium class, si se me permite la expresión, estaría compuesta de ricos, mientras que los demás se verían relegados a la negotium class.
    Para nuestros businessmen, en cambio, el ocio no es una consecuencia de la riqueza: es una causa de la pobreza. Si usted es pobre, usted se entrega al ocio: de otro modo, se dedicaría a los negocios y sería, como consecuencia, rico (no sé si me entiende). Y como nuestros businessmen piensan que el ocio por excelencia son las vacaciones y el turismo (como ellos convirtieron el ocio, así, en un negocio), nos encontramos con esa curiosa asimilación de los turistas y los pobres.
    Esta condena moral del ocio, de hecho, no se remonta a muy lejos. La pereza no formaba parte de la lista de los siete pecados capitales establecida por el papa Gregorio Magno al final del siglo sexto. Figuraba, en cambio, la tristeza, una de cuyas variantes, la acedia, se asimilaba a la incuria o el desgano típico de los depresivos. Los tristes eran los desanimados, pero este desaliento no estaba vinculado con la pereza sino con la cobardía. Tendemos a disociar a los tristes y los cobardes, sobre todo porque los primeros alcanzaron una reputación literaria que los segundos ignoran. Seguimos diciendo, con todo, que los desanimados son quienes no se animan a hacer algo. Los franceses, de hecho, los llaman aún découragés, mientras que encourager quelqu’un significa alentar a alguien (el sustantivo español coraje proviene del francés courage, y éste, a su vez, de coeur, corazón, lo que explicaría por qué alguien découragé se encuentra, en nuestra lengua, descorazonado). En su Etimología de las pasiones, Ivonne Bordelois conjetura incluso que el vocablo triste podría estar emparentado con vocablos como tremor y trepidación, temblores asociados con el miedo (el intrépido, como se sabe, es quien no tiembla de miedo). Y la lingüista argentina se acerca en este punto a Lacan quien percibía en la tristeza –la melancolía psicótica- una “cobardía moral”.
    A principios del siglo XIV, Dante seguiría situando a los tristes en el quinto círculo infernal, junto a los coléricos o los iracundos. A los perezosos, en cambio, los instala en la cuarta cornisa de su purgatorio, y no los toma muy en serio. Los tristes llevaban adentro ese accidioso fummo, la bilis negra, que los griegos denominaban ya melancholía. El florentino los surmerge entonces en un chirle barro oscuro. El adjetivo accidioso, es cierto, significa perezoso en el italiano actual, pero provenía de la mencionada acedia: el abandono de los decaídos. A diferencia de estos tristes del infierno, los perezosos purgan su pecado corriendo frenéticamente a la manera de nuestros nerviosos businessmen: “Ratto, ratto, che ‘l tempo non si perda…”
    La tristeza inició una fugurante carrera en el mundo del espectáculo cuando la pereza la sustituyó en la lista de pecados. Y esto sucedió tan pronto como los llamados hommes d’affaires se ampararon de la economía (el vocablo francés affaire, negocio, es una sustantivación de la expresión choses à faire, cosas que hacer, y una persona affairée es alguien atareado o, en inglés, busy). Tal vez algún día las cosas vuelvan a transformarse y el ocio recobre una nueva dignidad (o la tristeza la antigua). Así lo pensaban algunos jóvenes franceses en Mayo del ’68 cuando se rebelaron contra aquellos hommes d’affaires. Intercalando una traviesa letra ele en un verso de Aragon – “la femme est l’avenir de l’homme” (la mujer es el futuro del hombre)- ellos le predecían este posteridad a la flemme (la pachorra). Y por qué no.

Dardo Scavino (Bordeaux, Francia)