Parada de autobús, por Martín Kohan

Entre lo ileso y lo derrumbado, está esto otro: lo agujereado. Ni lo milagrosamente ileso ni lo absolutamente derrumbado, sino esto otro, lo que Robert Capa vio y por verlo dejó ver: lo agujereado. Lo demolido viene a revelar qué tan blanda puede ser una ciudad; vuelta escombro, se derrama. Por contaste se destaca un poste, ese poste casi recto que se sostiene bien a lo largo y que, unido a aquel otro poste, en la otra punta, le otorga a la imagen eso mismo que acaso la gente busca: una línea de fuga.
    Se habla por lo común del esqueleto de los edificios, aquí sería mejor hablar de su calavera. La muerte no agujerea, la muerte es lo agujereado. Y existe en lo que perdura. El edificio agujereado ya no puede dar cobijo, aunque se mantenga en pie; los faroles de la luz, también en pie, pero también agujereados, ya no pueden dar más luz. La gente sale, ¿de dónde? De los agujeros, precisamente. Y se aprieta de tal modo que no quedan casi espacios entre ellos. Se aprietan en la vereda, frente a la “parada de autobús” que quedó también en pie. Si no dejan resquicios visibles es para ser así lo otro del edificio que tienen a sus espaldas. La ropa que llevan no está rota, y es lo que los salvará de lo roto. Esperan de pie porque son sobrevivientes, porque forman parte de aquello que logró mantenerse en pie. Su ropa no tiene agujeros ni hay casi agujeros entre ellos.

    No obstante, más atrás, hay una mujer que callada se aparta. Al igual que los demás, nos dirige su mirada, pues no hay nada como mirar si se quiere ser mirado. Pero ella ha roto filas, se fue más lejos, se sienta sobre lo roto. Espera, como los demás, pero sentada, es decir, sin tanta ansiedad. Esa misma ansiedad no existiría, o al menos no podría notarse, sin ella ahí sentada y sola. La mujer que se sienta anuncia, porque se sienta, que el tiempo que viene va a ser más lento, por lo roto justamente va a ser más lento. Porque la misma guerra que perforó el edificio, los faroles, la ciudad, perforó también el tiempo, lo despojó de firmeza. La verdad de lo que falta, que es verdad en lo agujereado, se impone en el tiempo que falta y da todo su sentido a esta espera: la espera de los que por caso no han muerto y se suman en lo que queda de una calle de Berlín.
Martín Kohan (Buenos Aires)